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Jlog. Un J-blog

«Zenit» de Daniel Suárez Acosta

El grave silbido del viento está en mi contra, pero no detiene mi avance por el empedrado camino de regreso. Aunque es muy probable que mis chanclas sí que lo hagan, la planta del pie molesta más a cada paso que doy. La proximidad del mar refresca el aire, quizás demasiado teniendo en cuenta que el sol está cada vez más lejos de su zenit. El desenfadado tiempo se tornará insoportable mucho antes de que llegue a casa; el anochecer golpea con fuerza cada vez que cae. Debí haber salido antes del charco.

Todavía queda un rato para llegar al faro, pero al menos ya puedo verlo desde la distancia, tocando el cielo, apagado y sin intención de encenderse. Ya no hay gente en el camino ni en los charcos, siempre queda más vacío en invierno aunque sea la época del año en la que más me llena a mí. No por el clima, que deja bastante que desear, sino por todo lo que hicimos y lo que nos queda por hacer. Echaba de menos estas noches, las sudaderas y los pantalones cortos, el salitre. La sirena que me dio tantas penas como alegrías, desaparecida entre las olas. Personaje tras personaje, nunca conocí a nadie de aquí que me haya dejado indiferente. No hay sitio que me dé más paz, aunque no haya estado exento de guerra. El faro que iluminó mi vida aún estando apagado, la respuesta cuando no la hay. El lugar que me enseñó a vivir, a no esperar a que nadie encienda esa luz por mí. 

«A kind of magic» de Pau Dekany Piña

Allá donde mirase en mi mente, todo era agua. Un agua oscura, que escondía criaturas que todos tememos: el miedo, la soledad, la inseguridad. Algunas algas se enrollaban en mis tobillos, y tiraban de mí hacia ese oscuro fondo marino. Mientras luchaba por respirar, por vivir, por que alguien me sacase, seguía estudiando y pintando una sonrisa en mi cara para no preocupar a mis amigos.

La cama me atrapaba, el colegio me engullían y ellos cada vez daban un paso más lejos. Pensaba que esa mar que llevaba dentro había salido de mí, y se personificó en mi día a día. El ritmo de mi vida era una pequeña síncopa de olas que se mecían en mi cuerpo. 

Un día, rebuscando en las memorias de una casa que estaba naciendo, mi padre sacó una gran caja. Su cara proyectaba esa alegría que tanto anhelaba tener, y me enseñó ese pequeño recuerdo que cargaba consigo. Abrió ese aparato que nunca vi funcionar, y cuando terminó de explicarme como funcionaba, se marchó.

Lo puse en mi cuarto, junto con aquel cartón duro que estaba dentro de la caja. «Queen». Supe que era, ese grupo que tanto me había conectado con mi padre, y me atreví a cambiar el compás. Acaricié las pequeñas grietas del disco negro, lo giré sobre su eje incontables veces, aprecié cada milímetro de ese círculo, como si hubiese llegado de Marte. Lo deslicé hasta colocarlo en su sitio. Me fijé en la pequeña aguja, un brillo tan minúsculo que deja ciego al que lo ve por primera vez. La hice flotar hasta ese camino que le tocaba recorrer. Que envidia que ella supiera por donde coger, y yo estuviera tan perdido. Se escuchó un pequeño ruido blanco, e inmediatamente sonó.

Las olas empezaron a cesar en fuerza al escuchar el baile de la aguja con el vinilo. Las algas se fueron cayendo, y mis pies bailaban al ritmo de ese grupo de rock. Por un momento, sentí el aire en mi piel, y apreciaba cada imperfección de ese sonido antiguo. Ya había escuchado esa canción antes, pero no me había nunca salvado como ahora. Me quedé como un barco a la deriva, disfrutando de como el sol volvía a salir de entre las nubes. 

Una puerta ante mí se abrió,  y agarré esa mano que quería también bailar. Dos generaciones distanciadas por kilométricos años, pero unidas por una simple melodía. Un momento único en el insignificante universo, que apartaba todo lo que no servía para soltar unas risas. Los tres minutos más brillantes de toda la oscuridad en la que vivimos, estaban transcurriendo en ese momento. Nada importaba, ni las notas, ni las tareas, ni esa gente que creía que me conocía. Nada por lo que me deprimía existía en ese entonces, solo un padre y un hijo cantando su grupo favorito.

«Profundizar» de Jimena Banzo García

En un silencio en el que se oye el romper de las olas, el sonido de las piedras moverse contra el vaivén de la marea pero que es un silencio óptimo, colores claros, recuerdos evocados, esos días en los que el mar estaba embravecido, la sal se te pegaba al cuerpo e inundaba tus fosas nasales impidiéndote oler nada más, salías pensando que te habías quitado toda la arena pero luego descubrías miles de granos unidos a tu cuerpo, cuando habías dicho de no volver a entrar al agua, helada y perfecta, aunque luego volvieras a pasar horas con la perfecta temperatura pegada a tu cuerpo, los labios morados y los dientes castañeando, correr por la arena seca hasta la mojada por el calor que desprende la playa, enterrarte en la arena con el resentimiento de pensar en volver a quitarte el calor que se había adosado a tu figura, cuando quedaban quince minutos de sol que comprobabas con tus dedos, esas veces en las que te quejabas de ir a la playa solo por el simple hecho de hacerlo ya que tenías ese sentimiento agridulce de la pereza de moverte y el saber que cuando bucearas hasta quedarte sin aire habría valido la pena, el libro que volvía a casa con una nueva capa de recuerdos, esa vez en la que en la que casi rompes a llorar porque la rosa no llegó al agua y se juntó con un alma perdida, no llegó porque no quisiste ponerle una piedra ya que tendrías que haberle puesto cinta y no querías tirar plástico al mar, tantos recuerdos impecables, rotos, insuperables, de alegría, llanto, tristeza.

Porque ¿Quién se imaginó que aprenderías tanto junto a una ola?

Dana Razzak Anta

Ese lugar en el que he reído, en el que he llorado tantas veces. Luminoso y oscuro a la vez. Pequeño, pero grande en mi mente.

Ese lugar que me salvó tantas veces de la soledad absoluta. Donde pasé buenos momentos con mis amigas, o más bien con mis antiguas amigas. En el que tantas veces nos hemos caído, jugado… Objetos que traen tan buenos recuerdos, como las papeleras en las que encestábamos el papel que envolvía nuestro desayuno del recreo, esa rotonda de flores en la que jugamos al pilla pilla, o aquella alcantarilla en la que nos hemos resbalado más de mil veces.

Los días de lluvia en los que nos tapaba el techo, mientras que mirábamos por el balcón todo el patio mojado, y la gente intentando resguardarse. Los días soleados en los que corríamos y saltábamos en los charcos sin preocupaciones, viendo las nubes alejándose, y en los que nos sentábamos a hablar o a usar la imaginación para jugar. 

Ese lugar en el que a veces aprovechábamos para estudiar juntas, nerviosas por no haber estudiado antes, pero nunca aprendimos la lección. Veces, que celebrábamos la victoria del partido de baloncesto y otras en las que consolábamos a nuestro equipazo.

Ese lugar lleno de recuerdos, lleno de mis ideas sobre cosas que nunca entendí. El lugar en el que compartía todos los secretos con mis hermanas del alma. Las culpables de que en este momento mi alma esté rota. Ahora ese lugar está vacío, ahora, ese lugar guarda mis oscuros pensamientos, sobre como todo lo que teníamos se hundió, sobre como todo se perdió en el profundo, oscuro e infinito mar del olvido. 

Durante todo ese tiempo pasaba por ahí, y me reía, recordando todo lo que pasamos juntas. Ahora, cuando lo hago, pienso en todo lo que había tenido, en todo lo que perdí, en todo lo que me falta. 

«Estrella» de Nazayda Balmaseda Ramos

Adrenalina. Energía recorriendo las venas de un cuerpo que rebosa expresión. El suelo es un manto negro, recogedor de sueños y de arte, una explanada con un límite tan desdibujado que parece invisible. Las cuerdas cuelgan, agarradas de un enganche oculto por la negrura que se extiende hasta el techo. Adelanto mis pasos y me adentro en ese sueño, polizón de la realidad. El telón sube lentamente, alargando esos segundos de expectación y temblor que sacuden mi cuerpo, ese punto en el que sabes que ya no hay vuelta atrás y coges aire porque es lo único que te queda. Respirar.
Los focos prenden fuego a la inseguridad, cegándome;  reflejando el brillo de las estrellas fugitivas de la belleza, cuyo propósito es iluminar el camino de aquellos que han perdido su voz. Me aíslan, crean un muro de luz entre mi corazón y los que laten conmigo detrás de ella. Es ahí cuando me arropa la calma, un sentido de pertenencia, de hogar. Quiero quedarme ahí, en la realidad soñadora, en el telón subido, en las estrellas prófugas y en el corazón palpitante. Quiero llenarme de emoción para dejar de estar vacía, ser un punto diminuto en el hábitat de los atrevidos. Soy alma y soy cuerpo, errando entre ambos medios . Me fundo con las luces que me rodean, me derrito en vida. Y brillo.

Olivia Li Cabrera Gómez

Eligieron crearlas de plástico, para que no desapareciesen, porque no podemos aceptar que las cosas lo hacen, porque nos negamos a ver la hojas verdes poniéndose cada vez más marrones. 

Entrelazando las espinas y pidiendo que no corten. Las flores, colocadas con cuidado llenando cada espacio, muy juntas y recorriendo el círculo sobre mi pelo. La diadema de flores que me puse aquel verano, con la que sople las velas. La que reflejaba lo que fui aquel año y todos en los que permaneció colocada al lado de mi cama.

Pero ya no la encuentro, la veo y forma parte de un recuerdo aún sin estar marchita. Ahí el porque de que fuese de plástico. La intención de que durase para siempre, lo difícil de aceptar que las flores se acaban muriendo. Todo lo que duele verlas secas y sin color porque antes fueron demasiado perfectas. De lo bonito duele el perderlo, de los colores parte el que no busquemos al negro.

El recuerdo de esa niña desaparecida entre los pétalos que siguen pero ya no sobre su cabeza. El intento de buscar lo que queda de ella, el dolor de sus miradas al darse cuenta que ya no la llevo puesta. Veo que a veces se paran, me mirar y se apartan, se dan cuenta de la ausencia de las flores y automáticamente lo justifican a un cambio. Les duele no verlas y lo entiendo, pero no entiendo de qué parte el autoconvencerse de que estas nunca iban a acabar marchitas.

Creo que hay que olvidarse de que las cosas se acaban, vivir como si siempre fuesen a quedar flores que arrancar de los bordes del camino. Pero no hay que obligar al otoño a que las siga dejando vivas. Pretender que el invierno deje de serlo para poder conservar ese calor que tu te niegas a perder. 

Han dejado de pintar cada uno de los bolis que he acabado tocando, y al principio los miraba como si fueran para siempre.  Pero un día dejan de pintar y no entendemos en qué momento desaparecieron, vemos el recipiente vacío, pero no en todos los folios que se fue quedando. 

Muy poca gente es capaz de aceptar el fin de las cosas, capaz de mirarlas y saber que no son para siempre mientras las esta tocando. Nadie sabe que se acaban yendo hasta que se van. Cuando cogemos una flor del suelo y le buscamos un lugar dentro de lo momentáneo que son nuestras vidas. Un sorbo de agua en el que sumergirla, que nos hace creer que acabará durando más que las de la anterior primavera. Como esperando a que se quede, como si fuese a durar más que esa noche. Como si el agua, o el que fuesen de plástico fuese a hacer que duraran para siempre.

«Enredadas letras» de Violeta Gutiérrez Huecas

Con su tapa fuerte y rígida protegía todas mis fantasías, con sus páginas amarillas envolvía mis sueños, esa pequeña libreta de colorines semejante al arcoíris, esa que me regaló mi abuela cuando ella todavía era parte de mi familia, esa en la que tantas veces habían caído mis lágrimas.

La tinta cubría toda la superficie, letras enmarañadas en un mar de palabras, legibles pero a la vez imposibles de entender, eran mis sueños aquello que leía, eran mis ilusiones aquellas que decoraban las páginas.

Leer siempre había sido una vía de escape, sin embargo aquello era condenar mi mente a volver atrás en el tiempo, a revivir todo lo que en su momento trate de olvidar.

Las páginas atesoraba felices viajes a lugares maravillosos, meriendas con quién fue mi otra mitad, noches en vela imaginando un futuro, una lista de fantasías sin cumplir que con ilusión creé.

Sin embargo atesoraban también sufrimiento, aguadas lágrimas que mi corazón no podía callarse mas, pesadillas que me perseguían incluso despierta, el vacío de sentirme infeliz dentro de una familia aparentemente perfecta.

Aquella era mi alma, siempre acompañándome en mi mochila, siempre dispuesta a ser el hombro donde llorar, siempre viviendo junto a mi, viendo cómo lograba construir poco a poco, y observando también como caía aquello que había construido.

Por eso cuando me dijeron que debía deshacerme de ella, una parte de mi alma se encogió, y en una esquina lloré, lloré por todos los momentos que desaparecerían entre el fuego, lloré por todos los castillos construidos, también por los que habían caído, llore por un mundo de fantasías que iba a ser consumido, y lloré por todas esas palabras sin sentido, que dentro de mi propio mar, habían encontrado su camino.

«Filosofía de un escritor sobre fantasmas» de Pau Dekany Piña

En el mundo en el que vivo, las flores forman los arcoíris, se escribe poesía con lágrimas de corazones rotos y los regalices atan las zapatillas de los jóvenes. Por eso, personas sin imaginación, quieren que responda a una pregunta: ¿existen los fantasmas?

Preguntan sin darse cuenta de su alrededor. No saben quiénes son los que atrasan a la guagua unos minutos para que ellos no la pierdan. Ignoran quiénes buscan esas cosas que ellos perdieron, para que puedan terminar ese trabajo. No son conscientes de quiénes son los desamparados que los abrazan en la esquina de su cuarto cuando las cosas no salen como querían, o escuchan sus gritos cuando pierden a un ser querido. Siguen preguntándose eso, mientras que ellos revisan el tráfico, el coreo sin leer, el programa que querían grabar, para que puedan seguir cuestionando su existencia. Luego se asustan de que las muñecas giren solas, porque se olvidan de que ellos también necesitan reír cuando a nosotros nos va bien. 

Filosofan sobre si los fantasmas existen, y yo les digo que ellos mueren para vivir por alguien. Nos dejan de cualquier manera, y nos cuidan desde entonces, aunque no les agradezcamos todo lo que hacen. Caminan al lado nuestro, sin juzgar nuestros pasos, queríendonos incluso cuando nosotros no lo hacemos.

Si esperabas que te respondiera con un simple no, ¿qué haces preguntándole a un escritor?

“Lo que todo el mundo piensa, pero nadie se atreve a decir” de Andrea Cañás Amor.

En la vida, el noventa porciento de la gente se basa en la opinión de los demás, familia, amigos o simplemente gente. Si ves en una revista o alguien dice que las camisas blancas ya no están de moda probablemente dejes de ponertelas o dejes de usarlas con tanta frecuencia.

En mi colegio todas, absolutamente todas las niñas visten de la misma manera, la misma ropa de la misma marca, mismos complementos, todo exactamente igual.
Y me pregunto yo, ¿Quién dicta, quién dice que ese es justo el tipo de ropa que hay que vestir?

Siempre hay una abeja reina que manda sobre las demás, pero si la abeja reina cae, su imperio va detrás porque no tienen conciencia o una mentalidad propia. Lo que nos lleva a una simple conclusión:
A este paso todos vamos a acabar siendo copias de la misma muñeca de porcelana no real.

Yo, me aferro mucho a las personas, baso toda mi energía en una; pero al final todos se acaban yendo más tarde o más temprano, y cuando esto sucede te destroza por dentro.
Ahora, después de bastante tiempo, ya lo he entendido, se cómo afrontarlo y superarlo, y ya tengo un grupo de amigos estable, pero no quiere decir que no haya gente que me haga daño o intente hacérmelo.

Si visto de forma extraña, es porque me gusta, es mi estilo y mi personalidad, y no es asunto de NADIE decirme como debo ir, bueno excepto mis padres, de ellos si que no me puedo librar.

Con esto quiero decir, que los estereotipos están presentes en nuestro día a día, desde que somos pequeños, pero todos tenemos que mostrarnos tal y como somos, con defectos manías y rarezas. Sino nunca aprenderemos a aceptarnos a nosotros mismos.

Y COMO DIJO ALBERT EINSTEIN:

Si quieres vivir una vida feliz, átala a una meta, no a una persona o a un objeto.

«Poltergeist» de Lucia Otero García

Once y media de la noche. La luna brillaba en lo alto del cielo con su suave destello blanco. El viento no rugía pero sí gritaba con esa fuerza tan peculiar que tiene, esa que es capaz de tumbarte y hacerte volar. Mi pelo danzaba a su son, sin una coreografía bien ensayada, sino con el precario descuido de alguien que intenta bailar, pero no sabe. Y junto a mí, mi familia, mi padre, mi madre y mi hermano. Todos caminando en procesión hacia el famoso cementerio de la capital escocesa. El trayecto fue corto y fugaz, mientras los cuatro nos adentrábamos por las calles de esa ciudad tan llena de magia y leyendas. De espíritus y fantasmas. Esa ciudad en la que habitaba gente supersticiosa y amable. Me di cuenta de que, por esas calles, siglos atrás, habían caminado igual que yo, guerreros y doncellas, luchadores y valientes, pero también gente que carecía de honor y lealtad. Gente que gozaba con el sufrimiento ajeno y que más que sangre, por sus venas fluía con temeridad y en gran medida, algo perverso.

Llegamos al cementerio, estaba un poco escondido, pero aun así se podía encontrar si lo estabas buscando. Custodiado con grandes verjas de metal negro que se imponían delante de mi como dos gigantes que podrían aplastarme con un leve movimiento de sus brazos. Por un instante dudé. No quería adentrarme, pero la curiosidad pudo conmigo y acabé cediendo ante su inescrutable agarre. Y al entrar lo sentí. Lo sentí de una forma tan potente que por un momento el aire se escapó de mi cuerpo y mi corazón latió tres veces su ritmo. El vello de mis brazos se alzó hacia el cielo en solemne súplica para apartarme de aquel lugar, pero seguí avanzando. No podía evitar sentir que alguien me observaba, pero cada vez que me daba la vuelta no había nadie, tan solo el césped bien cortado y un banco vacío, pero sentía los ojos de alguien en mi nuca, siempre presentes. Entonces sucedió, mi madre pisó el césped un poco más allá de la iglesia que dominaba sus campos, para sacarse una foto a la luz de la ciudad, pero salió borrosa, tan borrosa que era imposible que pudiese suceder una segunda vez, pero lo hizo. Ella dijo que mientras estaba allí, de pie sobre aquel césped, sintió una fuerza que parecía agarrarla y no querer soltarla, algo la mantenía anclada a la tierra, algo que estaba allí pero no podía verse. Como los rayos caen por la noche, así de rápido salimos todos de allí, de aquel sitio que guardaba tantas historias, tanto dolor y tanta despedida.

Fue solo después, una vez estábamos suficientemente lejos del cementerio, cuando me contaron la historia de Mackenzie, el poltergeist de Edimburgo. No mucho más allá de aquella iglesia que mencioné, estaba la lápida de Mackenzie, un guerrero famoso por su crueldad. Se dice que su espíritu sigue allí, molestando a todo el que osa pisar su tumba. Existen historias que cuentan que mucha gente que pasa cerca, sale del cementerio con cortes, heridas o incluso vomitando, todo por Mackenzie, que incluso en la muerte, seguía intentando matar. Nunca pensé que algo así podría ocurrirme, pero negar la evidencia es de necios, y yo sabía muy bien las sensaciones que había sentido al pisar aquel suelo consagrado. No será una certidumbre, pero el cementerio de Edimburgo no es algo normal, corriente. Es un sitio que, si decides creer en ello, está lleno de espíritus, tan buenos como malos, que siguen rondando esta tierra con la pesadez de unas piernas vacías, con sus brazos frágiles pero fuertes, con sus ojos posados en los tuyos desde la distancia de la muerte, que más tarde o más temprano, nos acabará recogiendo a todos.

«Mariposa añil» de Daniel Suárez Acosta

El viento húmedo acaricia mi cara, pero el calor lucha contra él, impidiendo que refresque mi rostro, como si estuviera soñando despierto. El mismo aire remueve tu oscuro pelo rizado como se remueven las banderas en las playas. Te ves despeinada pero yo te veo mejor que nunca.

Ser feliz es como cazar mariposas, siempre puedes buscarlas, pero atraparlas está destinado para unos pocos afortunados, y tampoco es que vivan mucho. Al menos la primera parte no se nos está dando mal. Cazar mariposas es un poco egoísta de todas formas.

Quiero acostarme en el suelo empedrado, mirar al cielo celeste, que se va apagando de forma casi imperceptible hasta que se torna añil. Quiero saludar al tímido sol, escondido detrás de las nubes, relucientes y puras, del color de tu sonrisa. Quiero estar aquí contigo, escuchar el silencio, mirar más allá de tus pupilas, coger tu mano y sentir que atravieso tu piel.

Sentarme al borde del abismo, contemplar el paisaje que la primavera arrebató al verano, saber que el mar está lejos pero no lo suficiente para escapar de nuestros cinco sentidos. Mi camisa blanca y mis Air Forces están manchadas por la tierra, pero mi alma está más limpia que nunca, sin nadie que me moleste, sin nadie que nos moleste. Es una tarde de junio, pero tengo la piel erizada.

El azul ennegrecido del cielo se ilumina en su extremo de un suave y delicado naranja durante un instante, hasta que el ángulo del sol se rompe, y quedamos otra vez en la oscuridad, más turbia que nunca. Llega un punto en el que solo veo con claridad tu figura brillando entre las sombras, tus dientes y el iris de tus ojos marrones iluminando todo el lugar. Deberíamos irnos, pero no quiero despedirme de esto tan pronto.

La belleza está más cerca de lo que pensamos, o de lo que queremos pensar. Belleza hay en todos los rincones, lo que faltan son piernas dispuestas a buscarla, y ojos capaces de captarla. La belleza no está en ellas, está en ti. La belleza no está allí, está aquí.

«El cuerpo de habito» de Olivia Li Cabrera Gómez

Se nos acaba olvida, se nos lleva el viento, dejas de estar como las velas una vez encendidas, que se quedan en el fuego que poco a poco las acaba por desaparecer sin dejar nada de ellas por el camino. Pero en tu caso, dejando tu cuerpo como memoria de tu existencia a través de él.

Dejamos de estar cuando nos morimos porque no somos eso que usamos para decir las palabras, lo que intenta hacernos ver entre un mundo todo igual, lo que te duele cuando te caes de los bordillos, lo que sangra. A través de lo que tomamos presencia, como otro de los que llenan las calles, inundan los metros quitándole espacio al aire entre vagón y vagón, entre cuerpo y cuerpo. 

Y por eso morimos, porque somos lo que intenta decir que lleva dentro esa masa con la que nos movemos por la tierra, la que nunca encuentra las palabras, la que se queda en la ahí cuando nos vamos. 

Me regaló un espejo que ocupó el espacio de todos los ríos en los que me fui mirando para intentar entender qué movían mis pensamientos, en qué estaba atrapada, qué utilizaba para pronunciar las palabras. Y me vi, igual a todos, igual de real que el resto de cuerpos que ocupaban mi salón, que llenaban cada hueco sin usar.

Miro el cielo, el aire que lo llena, sintiéndome eso, una masa intangible de pensamientos, de ideas fugaces que llenan un cuerpo que jamás podrá pronunciarlas. Miro cómo el viento susurra sus secretos usando los árboles, chocando contra los cristales, siendo él el que habla aún sin poder decir nada.

Puedes tocar la tierra, las rocas de la playa, la arena que algún día las formó. Pero siento que al tocarlas solo puedo palpar lo que las recubre, lo que les deja mostrase al mundo y se quedará aquí cuando estas se mueran. 

Vi una mariposa, vi cómo volaba al intentar tocarla, como huía de todo lo que se le acercaba. Cómo ni se dejaba ser tocada por el suelo ni por la tierra que nos arrastra a todos a permanecer en la linea recta que conforma el camino, sin dejarnos libertad para elegir el nuestro.

Las mariposas y el aire en el que permanecen, lo único que las puede tocar.

Pero un día encontré los restos de una tirados por el jardín, su cuerpo, como el envase en el que yo me encuentro. La vi, debajo del aire, sobre el suelo que pisaba y que por fin le alcanzaba. El cuerpo que pensé que era solo aire. Pensé que su manera de rozar los árboles y hacer sonar las ventanas era el de permanecer casi quietas en medio de nada teniendo en cuenta que para mí el aire lo era. 

Cogí sus alas, incapaces de volar sin llevar lo que murió dentro y las metí entre el espejo que me anclaba a la tierra y ahora a ellas a mí. 

Los Jóvenes Escritores siguen escribiendo desde nuestra Aula Virtual  con su profe, Antonia Molinero. Les colgamos el relato que Daniel Suárez Acosta ha escrito sobre su compañera Oli Li Cabrera.

«Olivia» de Daniel Suárez Acosta

Y un día, apareciste. Apareciste tú y tu pelo rizado, de raíces oscuras y puntas claras. Apareciste tú con tu voz suave y adormilada. Apareciste tú y esa forma de mirar de tus ojos oscuros.
Su esbelta figura se mueve casi como si flotara, de forma divina. La perfección de su persona se une a rasgos tan humanos como su adorable naturalidad y su sonrisa, tan extraña como reconocible.
Un rostro siempre cambiante, que va desde la inexpresión hasta múltiples emociones contrastadas entre sí. Quizás la persona más feliz del mundo cuando está feliz.
Está plagada de matices por sus cuatro extremidades que la hacen todavía más compleja y especial: su capacidad de ser tan distante como cariñosa, sus finas cejas, el piercing de su oreja derecha, su reluciente y cuadriculada dentadura, y un largo etcétera de cosas que no menciono y que me faltan por localizar.
Llamar su atención no es difícil, mantenerla es imposible. Es fácil acercarse pero no tanto alejarse.
No puedes dejar de escucharla cuando habla, no porque te interese o no, sino porque sabes que puedes estarte perdiendo algo increíble si lo haces..
Cada conversación es un descubrimiento, cada palabra que sale de sus finos labios es importante.
Simplemente, ella tiene una forma de ser envolvente, es una persona irrepetible e inolvidable.

Letal, de Nazayda Balmaseda Ramos

Puntual. Sonidos estrangulados en un silencio perpetuado. Tose, coaccionando las palabras en la sombra que luchan por salir. No es una tos cotidiana; es una tos angustiada y moribunda que funciona como un reloj, agitando mis despertares y perturbando mi pensamiento. Puntual. Efímero. Letal. Una vida marcada por el segundero de la enfermedad. Un alma condenada a morir con la promesa de volver a hacerlo veinticuatro horas después. Puntual.

Buenas noches, de Sonia Siverio Morales

Dormía bajo la oscuridad de la estancia cuando un intenso golpe rompió mi mundo de sueños. Luego, otro y otro. Confundida y temerosa me levanté a encender la luz. Todo se había caído de las estanterías, los muebles estaban descolocados, como si el más intenso de los huracanes hubiera llegado a mi habitación. Detrás de mí, él esperaba a que volviera a dormirme. 

El objetivo, Silvia Pérez Acosta

Oscuras, estrechas, siniestras.

Así eran las calles por las que resonaban nuestros extraviados pasos. Un golpe seco y una fuerte brisa. Ahora los móviles no funcionan, las luces de las farolas titilan y las campanas de la iglesia interrumpen el sepulcral silencio.

Me giro hacia mis acompañantes, pero ellas ya no están. Escucho la voz de Sara, gritando mi nombre desesperada. Corro hacia al lugar de donde proviene su voz, pero allí no hay nadie. La inesperada brisa vuelve a azotar mi cabello y entonces lo escucho:

– Aquí estás.

Lectores, de Elena Monzón Cejas

Si a las 12 de la noche escuchas los ruidos de la puerta contigua, parece que está desatascando el fregadero. Pero yo sé el verdadero motivo. Cuando ella salió ayer, me fijé en dos cuernos sobrenaturales escondidos en su pelo.

«Desearás que solo exista en los libros», me susurró una voz interior en ese momento.
Esa voz me dice que pronto moriré, todos los días, a las 12 de la noche. 

Adalid de la venganza, de Enrique Esteban de Cáceres

El destino los marcó, y los héroes se alzaron. Vivieron, lucharon y murieron juntos. Fueron traicionados por sus dioses. Eligieron nuevos héroes, bendecidos por sus propias virtudes. Al final de su historia, se ungió un nuevo dios. Los dioses se traicionaron, y los sellos se resquebrajaron. Es hora de despertar, vieja catástrofe. Es hora de romper todos los juramentos y vínculos. Es hora de que cobres tu venganza.

Gripe, de Paula Herrera

La calle siempre había sido un punto fácil para el peligro, pero estar encerrada en casa con mi abuela podría tener peores consecuencias. Hacía más de dos horas que no salía de la cocina y era mi oportunidad para salir de allí. Puertas que nunca habían estado en mi casa me cerraban el paso hacia mi libertad. Doblé la esquina hacia el baño, pero la sonrisa de ella me paró en la entrada. Corrí al salón. Ella envuelta en un albornoz me esperaba con anhelo. En mi habitación estaba en chándal, y al abrir la puerta de la cocina, sentada en el pollo. Entre la abertura y el cierre de puertas había una corriente, un aire, y de repente un susurro: «¿a dónde vas?».

Control, de Diana González Padrón 

Mírame, te estoy mirando, mírame, ¿no me ves o no quieres verme? Mírame, estoy aquí, adelante, sabes que es la hora, mírame, no dejes que te hagan creer que no estoy, hazme caso y mírame.

«Ya», me dijo, pero hoy estoy segura de que estás.

Por fin, de Violeta Gutiérrez Huecas

Años de mentiras ocultando verdades, callando secretos, un beso al aire, un buenos días al viento, miradas furtivas que cuentan su verdadera historia. Una muerte que todos lloran, dos de ellos celebran en secreto; se buscan; se encuentran; se funden; se aman, esta vez, hasta que la muerte los separe. 

Ejercicio de ideas para series de TV

«Is-rale» Idea original de: Elena Monzón, Mingyao y Sonia Siverio.

15 febrero de 2020, un joven chico israelí descubre una misteriosa biblioteca ubicada en su ciudad. No todo el mundo la puede ver, pues le ha hablado a sus amigos de ello y ninguno la conoce. La dirige un extraño anciano. Tras haber leído varios libros, todos ellos anónimos, encuentra un libro que habla de una religión antigua y prácticamente olvidada. Lo que no sabe es que aún quedan algunos practicantes y el principal es el señor de la biblioteca.

El fundador Claude Vorilhon fue supuestamente abducido por extraterrestres que le contaron el verdadero origen de la humanidad y le dieron el nombre Rael, de donde viene la religión. Además lo llevaron a un planeta donde pudo conversar con grandes pensadores de la Tierra, incluidos Jesús y Buda. Ahí se le explicó que los humanos fuimos creados con ADN extraterrestre hace 25 mil años, y que en 2021 volverían a nuestro planeta.

El protagonista interpreta este mensaje como una amenaza a la humanidad y quiere difundirlo para preparar a la sociedad de la futura llegada de estos seres. Esto despierta la preocupación de los practicantes raelistas quienes intentarán por todos los medios necesarios evitar que la verdad salga a la luz. El chico convence a sus amigos más cercanos de lo que está pasando y juntos intentan lidiar contra esta secta. 

¿Será este el último año de vida de la raza humana? 

Ficha técnica: 

  • Nombre de la serie: Is-rael
  • Duración de los capítulos: 40 min
  • Capítulos por temporada: 10
  • Número de temporada: 5 
  • Actores principales: 6 
  • Localización: la biblioteca y algunos lugares de Israel. 
  • Género: misterio 

«HOPE» idea original de: Enrique Esteban, Jon y Moises

Hace 1000 años los Arias contactaron con nosotros. Hoy luchamos contra ellos. Las señales son claras: el fin de la guerra está cerca. La Tierra ha sido destruida y los humanos huyen desesperadamente por la vía láctea. La capitana Sheppard de la nave HOPE, junto a su tripulación (Ellen Ripley, Angel Jacob, y el teniente William »B.J.» Blazcowicz) han sido capturados y llevados a la nave nodriza para ser sujetos de los más terribles experimentos.

Idea por: Jon, Moises, Enrique.

Capítulos: 6 de una hora cada uno.

Temporadas: 2

Ideas explicadas:

Surgió de la idea de una estación espacial que sirviese de zoológico de humanos para alienígenas. Como no tenía mucho sentido buscamos algo con más sentido, que terminó en un laboratorio para el estudio de los humanos por alienígenas malvados. ¿Qué querían? Al ser medio ciegos, curar esa ceguera con genes humanos.

La guerra también surgió como algo temprano. Le daba más vida a toda la serie y justificaba la segunda temporada, que trataría de cómo los humanos ganarían la guerra. La primera estaría enfocada en los tripulantes de la HOPE.

El concepto original de los alienígenas iba a ser una raza inteligente y malvada, con la habilidad de cambiar de forma, primero a la humana y luego a la de tu peor pesadilla al utilizar el olfato para detectar miedo. Otra idea era que fuesen criaturas asquerosas y que fuesen dirigidos por unos comandantes que sirviesen a su reina. La última idea barajada fue la de una raza humanoide muy bella y medio ciega.

Personajes principales: 5

Personajes secundarios: 10

Escenarios de la temporada 1

-Laboratorio.

-Nave humana

-Nave nodriza

-Sala de reunión de los alienígenas.

“Mariposa Monarca” de Oli Li Cabrera 

Recuerdos dibujados de colores, flashes de un pasado pintado de azul. Ese sentimiento que te evoca al ayer, una imagen, un color que te recuerda algo. Sensaciones al parpadear ese color por entre tus pestañas. Como cuando miras la luz y aun cerrando los ojos y huyendo de ella la sigues viendo.

El color que se revuelve entre los álbumes de lo que decidiste recordar. Lo que te esfuerzas en no olvidar, esa llama brillante que te iluminó algún día y a falta de luz sigues buscando.

Dicen que nos quedamos con lo bueno de cada recuerdo, que solo guardamos los dibujos bonitos y tiramos deprisa los feos. Para intentar olvidarlos, para creer que eso no salió de nosotros, que eso no formó parte del pasado, que eso no fue lo que fuimos, que no ocurrió.

Colores que no guardaste en el álbum, lo que olvidaste y ahora encuentras en el azul que te envuelve. Como cuando lloras por una canción que te recuerda un momento que ya pasó. La sensación del miedo de que todo lo que pasó no volverá a ser. O del recuerdo de aquello que nunca tuvo que haber pasado.

Mariposas que volaron y se llevaron mi recuerdo, las ganas de volver a cenar una una mesa de cuatro, de tumbarme en un sofá demasiado lleno, del vacío de ese asiento en el coche y el espacio que sobraba en los cereales abiertos. Recuerdos olvidados que atraparon mis mariposas y que se aparecieron en flashes del azul a mi alrededor.

Romperte la misma mano que ya acunó tu caída al suelo. Llorar por todo eso que sentiste, lo que ya terminó. Llorar por no poder rebobinar, por no volver a ese recuerdo que ya huyó de ti aun tú siendo eso. Siendo lo que hiciste, lo que fuiste. Pero que se escapa de ti por ya estar lejos. El ser todo eso que no forma parte de ti.

Somos lo que hicimos, los recuerdos que roban nuestras mariposas, somos algo que no forma parte de nosotros, lo que voló hace tiempo. Y, aun así, tenemos que seguir siendo eso de lo que no formamos parte, lo que voló con las mariposas que dejamos salir. Tenemos que ser palabras que ya no salen de nuestra boca, un pasado que se difuminó entre recuerdos, gestos que no volveremos a hacer.

Un baúl oscuro, una caja de lápices grises, cortinas llenas de polvo porque ya nadie mira por sus ventanas, espacios vacíos. Ocupar todo lo que falta, todos lo que se olvidó llenar. Mariposas que nacen del vacío de esa caja que no está llena, de ese joyero sin joyas, las que nace de lo oscuro, de lo gris.

Un blanco y negro interrumpido por un volar de colores, que estropea el silencio, que lo rompe. La estrella que decidió brillar, aunque todo estuviese negro, la primera palabra de una vida muda. El revolotear que nació del hueco olvidado bajo de mi cama. Obligado a ser el que esconde a los monstruos, castigado con tener que ser su guarda.

Volar, volar por entre vidas grises, por entre edificios demasiado llenos, demasiado altos, por entre recipientes que tuvieron que llenar personas. Mariposas que nadie guarda en su interior.

Salieron de mí, mariposas grises que le robaron los colores al negro.

¿Por qué las mariposas no nos dejen tocarlas? ¿Por qué se posan en las flores y vuelan sin nos acercamos, si queremos tocarlas, si queremos recuperar lo que es nuestro?

Las que le roban los colores al negro o supieron encontrarlos dentro de él.

Las corrientes del aire, el viento que vuela sobre el mar y por encima de las ciudades, que los pájaros siguen para poder moverse.

Pequeñas y sin demasiada fuerza, obligadas a huir y por ello emigrando de mí hacia otra yo, impulsadas, arrastradas, empujadas por corrientes que vuelan las mariposas cada año para llevar los colores a la primavera cuando aquí llega el invierno.

Los que las pueden tocar, lo que no quieren volver a lo que fueron, los que las sueltan y se obligan a enseñarlas volar, lo que encuentran en ellas el amor que llena ese espacio que vaciaron muy rápido las mariposas que volaron en diciembre.

Mariposas que volaron, con las que huyó tu pasado, las que conseguiste que te lo hicieran desaparecer de entre tus pesadillas. Pero tú te fuiste con ellas al ser ese pasado, al estar en esos recuerdos que te esforzaste en borrar. Y volaron para pintar la nieve de flores y dejarle espacio a las mariposas que iban a empezar a crecer.

Mariposas que volaron de ti pero que no te dejan vacía.

“Primer amor” de Sonia Siverio Morales

Casi no nos paramos a pensar en la inocencia que baña un primer amor, de todas esas intensas sensaciones que siempre se intentan recuperar, volver a sentir en todos los amores posteriores. No importa la edad a la que lo vivas, sientes como tu corazón toca una frenética sinfonía y tu mente apenas puede seguir el ritmo. 

Cuando es correspondido se forma una pequeña secuencia de primeras veces iniciada por tomar su mano, sientes como si el mundo se detuviera un segundo y se plasmara una imagen en la mente como una fotografía antigua guardada en el fondo de un armario.  Luego llega el primer beso, tal vez solo haya sido un beso en la mejilla o un fugaz roce entre los labios, pero la felicidad que te aborda es inigualable. Miles de pequeños gestos que nunca volverán a tener el mismo significado, ni mucho menos te darán la misma emoción. 

Hasta que se termina, porque casi nunca duran para siempre y siento cierta envidia de aquellos afortunados que han conseguido conservarlo, porque cuando se acaba, se rompe por primera vez el corazón, se clava la primera astilla y esa es la que más profundo llega. 

Tú, que fuiste mi primer amor, aún te quiero, aunque no durara para siempre.

“Manos” de Nazayda Balmaseda Ramos

La imagen de sus manos, arrugadas y retorciéndose, gastadas y descoloridas, justo antes de que pronunciara palabras en nombre de la verdad, de su verdad. Una verdad escondida tras un rostro impasible, tras una sonrisa invicta, tras unas manos perfectas. Manos, las mismas que habían creado y destruido su mejor obra. Manos de artista, arropadas por la belleza de su mente. Manos, las mismas que habían apartado las lágrimas cuando había arrancado de su vida su creación más hermosa por un motivo egoísta pero importante. Las mismas que habrían cogido entre sus dedos el pulso de su propia sangre, si hubiera dejado que esta evolucionara, ese hijo que nunca nacería. Manos, ya marchitas, que por fin se deshacían de las cadenas de la mentira al contar en un tenue susurro una certeza irrefutable: yo lo maté.

«Tiempo» de Mingyao

Segundos, minutos, horas, dias, semanas, meses, años…

Todo son una cosa, el tiempo, que nos ha contemplado desde siempre y mucho mas, la creacion de la tierra, la evolucion de la humanidad, tu cumpleaños, todo.

El tiempo en soledad, solo, sin amigos contemplando todo, deseando morir deseando ser como esos seres vivos que nacen, viven y mueren.

Pero nunca se hará realidad ese deseo imposible para alguien inmortal, alguien que tiene que vivir toda la eternidad.

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