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Blog : Sin categoría

Ismael

“Ismael” de Iris Paz García

No le habían visto nunca a pesar de que hacía casi 4 meses que se había matriculado en la escuela.
Su nombre encabezaba la lista de alumnos, había un sitio libre reservado para él y se guardaba una copia extra de los apuntes por si hacía acto de presencia en cualquier momento. Sus compañeros de clase solo sabían que se llamaba Ismael. Al parecer, sus padres le habían matriculado en uno de los cursos impartidos en la Escuela Literaria para después desaparecer sin dejar ningún teléfono o forma de contacto con ellos.
Habían elaborado sus propias teorías con respecto a semejante individuo. Asier estaba convencido de que solo se había matriculado en un curso de creación literaria como ese porque sus padres le habían obligado así que se había vuelto aficionado a hacer pellas todos los sábados por la mañana.
Nazayda apostaba más por la posibilidad de que Ismael fuera un fantasma que, harto del hastío y la desolación que tanto caracterizaban a la mortalidad, había hallado refugio en su pasión por la literatura y solía visitar el mundo de los vivos. Diego creía que Ismael era invisible y estaba
desesperado porque los demás le vieran o que supieran intuir su presencia, teoría que Marta secundó con especial énfasis. Más que un fantasma o un chico invisible, Elena se inclinaba porque Ismael era una concentración de energía poderosa que habitaba en la escuela. Jon fantaseaba con que Ismael vivía escondido en La Pecera, el nombre con el que se conocía al despacho de Antonia, y era él quien escribía aquellas frases o reflexiones en la pizarra de la pared. Moisés y Sonia apostaban que Ismael había muerto en algún accidente y que sus padres habían pasado por alto dejar constancia de ello a algún trabajador de la escuela. En cuanto a Enrique… bueno, a Enrique no le preocupaba mucho Ismael.
Y al igual que hay historias que necesitan ser contadas, hay personajes que necesitan ser narrados.
Ismael no había sido obligado a matricularse en la escuela, no era invisible y tampoco un fantasma o una energía, no vivía escondido y tampoco había muerto desafortunadamente. Ismael era un personaje creado a partir de la imaginación de Antonia Molinero. Fue ella quien rellenó un documento de matriculación a su nombre y le habló a sus alumnos acerca de la llegada de un nuevo integrante en el grupo. Ismael no era nadie, tan sólo ficción.
Pero la ficción siempre contiene una pequeña porción de realidad. Ismael estaba construido a partir de alocadas ideas e hipótesis rocambolescas, era el protagonista de su propia historia, era un misterio imposible de resolver, tan incomprensible como insólito. Antonia Molinero había logrado que sus alumnos perdieran el sentido de la cordura, que hallaran cosas extraordinarias en la normalidad, que potenciaran su inventiva, que se esforzaran por encontrar el sentido de las cosas y así entender el mundo que les rodeaba. Ella les había dado un lienzo en blanco y ellos lo habían
pintado a su antojo, habían teñido aquel punto de partida común con su visión del mundo y su imaginación desbordada. Ellos le habían dado vida a Ismael, el personaje que intentaba ser real.

“Ismael” de Sonia Siverio Morales

Yo era un niño con un sueño, uno que bailaba entre las letras y fluía en la tinta que teñía el papel.
Buscando un lugar en el que dar mis primeros pasos llegué a la Escuela Literaria, donde las ideas se escondían en las galletas y las palabras se formaban con el vapor del té.
Esperaba a que empezara el nuevo curso y aquellas grandes puertas se abrieran para esas almas compuestas de ideas deformadas y papel, sin embargo, a pesar de la innegable euforia que reinaba en mi interior, también estaba nervioso, incluso asustado, tanto que el miedo cobró vida y desató el caos en mi interior.
Una noche me despertó un ruido que provenía del interior del armario, me quedé inmóvil en la cama, viendo como la puerta se abría despacio dejando paso a una sombra, o tal vez un hombre. Mientras caminaba sigiloso por la habitación me dejó ver su rostro sin ojos y su piel blanca la cual estaba manchada de un líquido negro que parecía ser sangre, el miedo se había personificado y me había encontrado.
A la mañana siguiente el cuerpo inerte de Ismael yacía sin vida bajo su cama, pero su espíritu logró refugiarse en el único lugar donde pudo vencer al miedo, la escuela, y pasó allí escondido el resto de su eternidad, vagando entre las paredes, escuchando historias y consumiéndose en sus ganas de escribir.

“Ismael” de Elena Monzón Cejas

Las puertas del paraíso no son doradas, no tienen un rico decorado ni hay una luz deslumbradora cuando las abres. Mis puertas del paraíso son marrones,escondidas tras una hilera de casas.También son mi forma de redención, de eliminar ese odio que no me deja vivir ni morir.Ya he conseguido sentarme en la silla de su despacho, a pesar de mi cuerpo liviano como una pluma.Lo peor es cuando llega el momento de escribir; puedo garabatear algunas letras, pero eso no es suficiente. Escucho escondido en esa habitación a la que no prestan atención,memorizando los consejos, esperando la hora de volver a utilizarlos. Hoy es un día diferente, la fuerza me invade y cojo el lápiz. Todo empezó el día en que mis padres me anunciaron que iría a la escuela literaria,en ese momento quería rebelarme contra esa actividad que me dejaría en ridículo.Luego experimenté una sensación de incredulidad al descubrir que era bueno y que tenía imaginación.Poco a poco cogía confianza en mí mismo. En el colegio alardeaba de lo bien que escribía. Hasta había olvidado la existencia de los que se metían conmigo, craso error. Ellos sabían donde vivía y un día cuando iba de camino a mi casa me acorralaron. Me insultaron, yo me envalentoné y les di un puñetazo. Salí corriendo pero ellos eran más rápido,me golpearon en la cabeza, y me quedé incosciente.Más tarde no sentía nada, mi cuerpo seguía inerte y yo flotaba, sólo me movía el deseo de venganza.
Añado un final para que la editorial publicase mi novela y un nombre anónimo,claro. Meses más tarde me dicen que tengo que hacer una firma de libros. Llega el día y veo a todos mis fans, están ansiosos por conocer mi identidad. Cuando entro en la sala recibo una ovación del público.En la ronda de preguntas los identifico,unos canallas aficionados a la lectura. Uno de mis fans me pregunta a quien va dedicado este libro. -Este libro va dedicado a los entes que parecen maleantes pero que en realidad envidian a la gente decente. Yo tengo una frase dedicada a mis maleantes personales,aquí presentes, sobre un autor que leían en secreto por miedo a ser descubiertos. Como dijo William Shakespeare “El cobarde muere muchas veces, el valiente sólo una”- Acto seguido el público aplaudió y vi que esos dos se escabullían rojos de la vergüenza. El público se percató de que eran ellos a los que me refería y los abuchearon hasta que pusieron pies en polvorosa. Sonreí, ya mi alma estaba libre de perturbación, saludé a mis lectores como si fuera la última función de un actor y …desaparecí.

“Ismael” de Nazayda Balmaseda Ramos

El cielo se iluminaba lentamente mientras la ciudad iba cobrando vida. Mi corazón habría latido con violencia si aún lo tuviera, pero no importaba, nada de aquello importaba porque, un día más acudía al sitio en el que mis palabras se liberaban y con ellas los fuertes grilletes que me ataban al mundo de lo difunto aflojaba su agarre. Me levanté en cuanto oí las llaves en el exterior, aunque sabía que, por mucho que me moviera, nadie sería capaz de verme. Todo había comenzado aquél aciago día en el que, tras una máscara de arrogancia y narcisismo, cometí un error garrafal, creyéndome invencible cuando nada más lejos de la verdad, mi invicta estrategia fue derrotada. Quince años de vida había conseguido, sin valorarla apenas, temerario e irresponsable. Sólo necesitaba acabar con una molesta vida para conseguir un triunfo más; una prueba de que mi mente desconocía los límites de lo mundano. Una estupidez. Su inteligencia ganó la batalla y su premio fue mi vida. Así, tan fácilmente como arrancar una hoja de un árbol, apretó el gatillo, produciendo un estruendo ensordecedor que determinaría mi muerte. Recuerdo la luz, una luz cegadora y blanca que me atraía, emulando a un imán. Pero mi ira y la sed de venganza era demasiado poderosa y me resistí a lo correcto, al descanso eterno, en su lugar, firmé mi condena. Apenas unos segundos después, la luz comenzó a desaparecer, dándome falsas esperanzas y volví a ver el oscuro callejón en el que, minutos antes, había dejado escapar mi vida. Quise levantarme, y me fue fácil, pero mi cuerpo no me acompañaba, me dio un vuelco al corazón, pero ya no lo sentía. Grité sin sonido y golpeé la grava, atravesandola con facilidad, consciente de que ya no podía salvarme.
Fue un tiempo después cuando lo encontré, la salvación que buscaba. Un local relativamente pequeño, con una curiosa aura rojiblanca. Entré, acostumbrado a ser invisible y resultar ajeno a los mortales, cómo sí viviera en otro mundo, lo que era una verdad a medias, pues me encontraba en un cruce entre ambos mundos, condenado a varar en una parada de autobús a medio camino, esperando por un vehículo que jamás llegaría. Aquél día se impartía un curioso curso de escritura, para jóvenes escritores. “Almas como la mía” pensé, pero no lo eran, no, la mía era un alma corroída por el odio y la ira, que jamás encontraría redención, por mucho que la buscara. Pasé la sesión inmerso en pensamientos filosóficos y sumergido en un mar de imaginación, nadando entre palabras elegidas con mimo y dedicación. Decidí volver el siguiente día. Y el siguiente. Y así hasta ir todos los días que aquella clase tenía lugar, ávido de conocimiento para expresar, aunque me fuera imposible hacerlo de manera corpórea. Había intentado disfrutar del resto de clases que en aquél altar del pensamiento se daban, pero ninguna despertaba en mí ése deseo de volver a tener sangre en las venas, únicamente para poder coger un bolígrafo y escribir, tal y cómo lo hacían aquellos curiosos jóvenes. Cada día esperaba la hora en la que la puerta se abría, dejando paso a la luz y a la oscuridad, al todo y a la nada, a un mundo en el que lo más importante no era competir por el intelecto, sino compartirlo para beneficiar unos a otros. Es cierto que mi cuerpo ya no puede hablar o comunicar, pero también lo es que ya no lo necesito, porque ahora es mi alma la que lo hace por él.

“Ismael” de Diego Sicilia Mora

Doy un grito de angustia. Uno más. Una más entre muchos otros. Uno de los otros cuantos de este día . Uno perdido entre millares de otros. No tiene otro aspecto. Ni otra tonalidad. Es un grito estático. Un grito anclado a mi garganta. A la simplicidad de un grito. A la misma emoción de siempre. A la emoción que porta aquellas cuatro desoladas paredes. A el caso omiso de todos aquellos lectores empedernido. A la soledad. A la pocas menciones de aquellos pocos adolescentes. A la gilipolles de gritar cuando nadie escucha. De escribir cuando nadie te lee. De pensar cuando nadie piensa que existes.

TRANSDISCIPLINARIEDAD

Transdisciplinariedad

La mañana del sábado 24 de marzo de 2018, 14 años después del día 1, hubo un antes y un después en el Curso de Jóvenes Escritores. Hubo un érase una vez una eclosión de talentos en la Escuela Literaria. Nos visitaron de manera espontánea, como si una confabulación de planos temporales se fusionaran y un generador de antiguos alumnos del Curso de Jóvenes Escritores teletransportara jóvenes brillantes pulidos literariamente en la Escuela, eso es: Vino el magnético Carlos Moreno, que actualmente cursa el grado de Matemáticas y el grado de Ingeniería Informática en la Complutense, además de dirigir un grupo de teatro universitario y estar contratado por la misma universidad, para asesorar a preuniversitarios en la compleja decisión de decidir sus carreras. También apareció el enigmático Jorge Maury, actual y flamante ganador la Olimpiada de Filosofía de Canarias, organizada por la Universidad de La Laguna, que quiere estudiar el doble grado de Derecho y Ciencias Políticas. Y se volvió a abrir la puerta y apareció la Reina Oscura, Attenya Álvarez, que tras finalizar su Bachillerato de Artes con Matrícula de Honor, cursa el grado de Traducción en la Complutense, y que quiere ser editora. Lo será. ¡Sésamo ábrete! Y entró Jorge Esquivel, amante de la cultura popular española y futuro Almodóvar, así se presenta él.

Todos se reunieron con mis actuales jóvenes escritores, que estaban escribiendo una mini obra de teatro y tomando chocolate y cruasanes, cuando en un leve aleteo de mariposas, en una suerte de pedagogía natural, les ayudaron con su pequeño caos y resolvieron sus dudas, les dieron un argumentado comentario crítico y les aplaudieron. Les enseñaron a escribir y a pensar, a desarrollar su capacidad intelectual, a expresarse con lógica y con un vocabulario rico, y desde la sabiduría del que no sabe que sabe, desplegaron su ingenio creativo en mil colores, con ideas repletas de honrados argumentos políticos, ideas nutridas de gran conciencia social, innovadoras hipótesis filosóficas, necesarios planteamientos socráticos, verdades lingüísticas, exquisitos posicionamientos feministas unificando amabilidad, razón y una extraordinaria fe en el conocimiento.

Los mayores enseñaban a sus compañeros más pequeños que es esencial aprender a escribir, porque quien sabe escribir sabe pensar, y mi milagro de Escuela, mi proyecto maravilloso echó a volar, y mis chicos fueron preceptores, se desplegaron las mentes y mostraron que es esencial esforzarse en descubrir que todas las disciplinas nos enseñan desde el lenguaje porque la palabra está intrínsecamente ligada a nuestro pensamiento, ese eje capaz de cruzar transversalmente la emoción que se posa sobre el futuro que precisa expresarse libremente. Vi revolotear 15 mentes maravillosas sobre mi cabeza.

Pero yo soy una mentora de jóvenes escritores y no me olvido de los grandes artistas, esos que quizás suspenden hasta en recreo porque la insumisión, la rebeldía, el hedonismo y el ingenio descansan en las mentes más ruidosas. A todos ellos, a los que traslucen y demoran la belleza de sus obras y descuidan los estudios, les aconsejo que se espabilen y derrochen su tiempo también en cultivar su talento.

Los profesores hemos de enseñar para que todos aprendan, parece una perogrullada, pero si no aprenden no hemos hecho más que lucir nuestro saber estéril. Ahora que, si ponemos la emoción al servicio de la educación y nos permitimos cambiar el sistema educativo destruyendo la costra seca y vieja de lo que ya no funciona en modo alguno, construyendo y trabajando por proyectos multidisciplinares, haciendo que todas las materias formen un todo, que se deje de hacer el silencio y la inmovilidad en las aulas muertas y que la creatividad forme parte esencial de la formación, conseguiremos que se estudie con motivación y que cada concepto aprendido sea asimilado con maestría y sin pactos con el olvido, si ponderamos que el estudio per se nunca será el fin, se estudia para ayudarnos, polinizarnos con lo que sabemos para construir un mundo mejor, más sabio y bueno.

He podido saber en 20 años de enseñanza que tenemos que construir un arco iris educativo que recorra toda la paleta de disciplinas, sin cerrar la puerta de ninguna materia, sin distribución por intereses estancos porque todas los saberes se pueden abordar si elaboramos nuevos programas adaptados a las nuevas generaciones. Enseñémosles dibujo, música, biología, matemáticas, filosofía, informática, lengua y literatura, creación literaria, cocina y nutrición, medio ambiente, fotografía, cine, natación, ética y valores humanos, oratoria, historia universal, historia de las religiones, danza, teatro, gimnasia, yoga y nuevas tecnologías. 

Todas las materias son igual de importantes y de todas han de aprender desde sus múltiples capacidades, que no en todos son las mismas y todas son igual de importantes. 

Todos los educadores han de trascender su espacio disciplinar, cooperar y hacer equipo, interactuar, investigar con otros profesionales y compartir información, conocimientos o habilidades. Este es el método, lo he visto con los ojos de mis alumnos. 

La Transdisciplinariedad será hilo conductor de la nueva educación que ya está llamando a la puerta.

Antonia Molinero

Directora de la Escuela Literaria, profesora de Creación Literaria.

¿Ebook o Papel? Mejor los dos

Desde que nació el e-reader o lector digital se ha creado un debate en torno a este nuevo dispositivo pensado para lectores. Por un lado, hay quien clama que nunca lo utilizará, ya que “no es lo mismo que leer un libro en papel”. Sin embargo, cada día hay más gente que le da una oportunidad a estos aparatos y descubre su enorme utilidad.

Un e-reader presenta diferentes ventajas que lo convierten en un dispositivo muy interesante para los amantes de la lectura. En primer lugar, es más ligero que un libro en papel normal. Ahora no tienes por qué cargar una novela de más de mil páginas en el bolso, con el e-reader apenas te darás cuenta. Y si te aburres y deseas empezar una nueva lectura, el e-reader te permite almacenar más de mil libros que podrás llevarte adonde quieras. Además, los libros en formato digital suelen ser más asequibles, lo que nos permite ahorrar, y, según la plataforma de compra que uses, cada día puedes encontrar ofertas muy interesantes. Asimismo, tener acceso a libros en otros idiomas es más sencillo, ya que están disponibles a un simple clic.

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