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«Síndrome» de Tato Granero

Los alumnos de Jóvenes Escritores se basan en la exposición fotográfica «Síndrome» de Tato Granelo para realizar sus relatos.

«Síndrome todo» de Jon Garcia-Valdecasas Vispe

Me encuentro en un sueño, a cada paso que doy todo da un paso para atrás.
Es un bucle, un recuerdo que hace mucho que se desvanecio Las montañas se elevan por encima de las nubes.
Me encuentro solo.
Solo con mi sueño, solo con mi deseo.
Cierro los ojos y entonces oigo una voz.
– ¿Quien eres?
Me doy la vuelta y veo una niña. Es rubia, delgada, con mirada insegura y preocupada. Y me vuelve a preguntar:
– ¿Donde estás?
– Yo…yo estoy en un sueño.
– Que clase de sueño.
Me mira disgustada y me dice:
– ¿ Quien eres ?
– Yo…yo soy.
– No sabes quien eres
– ¿Que crees que esto?
– Es un sueño
– No, no es sueño, es justo lo contrario.
La niña se pone de puntillas y me susurra al oido:
– Purgatorio
Mi pulso se acelera.
La niña me sonríe y me dice:
– Suerte Michael
Me doy la vuelta y veo como todo lo que creía mi paraíso se corrompe por un color oscuro.
Me giro y la niña ha desaparecido.
Suspiro, cierro los ojos y pienso que es un sueño.
Acaso no lo es todo.

«Síndrome de la vocecita» de Elena Monzón Cejas

Lo poco que me queda de consciencia se agita como las olas del mar cuando la veo en el coche , hilos de sangre recorren su cara. Siento preocupación, pero no por ella,sino por miedo a que alguien esté merodeando por allí. Es mi oportunidad perfecta. Me acuerdo de cómo holgazaneaba en el trabajo enfrente de mis narices, cómo me molestaba estar opacado por su figura. Fingí ser su amigo para saber más de ella , saber la jugada del enemigo te permite anticiparte , usé todas mis artimañas para que la despidiesen, siempre con mensajes anónimos, pero como era extrovertida y se llevaba bien con los clientes no lo hicieron. Ella sabía qué era la empatía, para mí era un misterio incomprensible. Su grito de socorro me sacó del ensimismamiento- !Por favor ayúdame!- ¡si sale de esta cambiará de actitud no la dejes morir!exclamó una voz en mi cabeza durante unos instantes. Con paso sereno me alejé de la calle, los gritos del exterior y los de mi interior cesaron al unísono. Mi oscuridad es superior que esas vocecitas del bien o el mal .

«Síndrome del Riesgo» de Diego Sicilia

Aquellas escaleras bajaban al mar. Era una hecho, una realidad. Bajaban al mar. Al fondo del mar. A las profundidades más inóspistas de el. A aquel sitio donde los peces no eran bellos y coloridos. Dónde le luz importaba más que el alimento. Las escaleras bajaban al territorio más terrorífico del universo. Ya que si bien el cielo se puede observar con un telescopio. Las profundidades no se pueden explorar más que con la vista. Y la vista es parte del humano. Lo que por ende obliga que cualquier humano que quiera llegar tiene que arriesagarse a morir

«Síndrome de ausencia» de Marta Ramos

A 23 de febrero de 2019 me disponía a entrar al mar. No hacía frío y tampoco había nadie a mi alrededor, excepto mis compañeros de la escuela literaria, pero ellos no sabían lo que me disponía a hacer. Cada uno tenía un papel y un boli o un teléfono, y todos íbamos a escribir. Cada uno en su mundo. Cada uno en su realidad, y todas diferentes al resto. El caso, yo me disponía a entrar a ese mar, un mar de colores extraños, pocos azules y más rojos y rosados, y algún que otro y excaso amarillo. Cuando entré en aquel mar, no sabía bien como sentirme. Era raro, no me estaba mojando, pero yo realmente sentía que estaba allí, bañandome. Aquello me hizo recordar a aquellos años de verano que pasaba en aquella playa, pero por entonces la playa era azul, ahora era distinto, ya era roja, todo había cambiado. Faltaba ella. La persona con la que años atrás me había sumergido allí. Aquella foto me trasladó a esos años, me trasladó a aquel mar. Y todo esto pasó a través de esa foto, en mi mente, en mi mundo, rodeada de todos mis compañeros pero mentalmente sola. Sola en aquel mar. Sin ella.

«Síndrome de culpa» de Iris Paz García

Calculaba que llevaba ahí sentado alrededor de unas dos horas. Ya había oscurecido. Él seguía concentrado en la imagen del mar. Era el caos de la razón. Hacía que tuviera sentido que hubiera partículas de sal en una masa líquida, que la marea se correspondiera con la atracción gravitatoria de la luna y con que una composición líquida incolora fuera suficiente para asustar a la gente. Estaba a toda lógica y era el desequilibrio de su vida. Por eso acudía allí cada tarde, aferrándose a la reflexión y perdiendo la noción del tiempo.
Salió de su ensoñación cuando la luz de una de las farolas se fundió. Como si se tratase de una secuencia, a las otras les ocurrió lo propio. Se había producido un apagón en toda la ciudad. Lo siguiente fue percibir la presencia de alguien más que tomaba asiento a su lado.
La voz arrastraba las palabras, era grave y ronca.
– ¿Por qué estás aquí?
– Sólo quería pasar el rato.
– Te he visto antes por aquí. Te gusta el mar, ¿no?
– Lo odio más que a nada.
– ¿Por qué?
– Es complicado.
– ¿Y qué no lo es?
– El verano pasado, mi esposa me preguntó si quería acompañarla a la playa. Habíamos discutido. Ni siquiera recuerdo por qué. Alguna tontería. Le dije que no. El mar la arrastró, y la siguiente vez que la vi fue en su funeral.
– ¿Murió aquí?
– Sí, en esta misma playa.
– ¿Y por qué vuelves?
– Porque, de haberle dicho que sí, podría haberla salvado. No puedo quitarme de la mente esa idea. Así que siempre regreso. Me imagino que pudo haber ocurrido, lo que pude haber hecho, lo que debió haber pasado.
Las luces regresaron y el chico comprobó que su interlocutor no era más que un anciano. El viejo que siempre le había mirado cuando él observaba el mar.
– Si no quieres que te ocurra lo mismo que a tu mujer, pisa la arena antes de que la marea te arrastre y te ahogue. Deja de navegar en el mar de la culpa y de crear espejismos hechos de espuma. Has nadado en el fondo durante demasiado tiempo. Vuelve a tierra firme.

«Síndrome del infierno» de Nazayda Balmaseda Ramos

Todo comenzó con aquél ruido. Aquél tan ensordecedor y aplastante que te hacía comprender lo que realmente era el deseo de arrancarte los oídos. La gente comenzó a gritar, uniéndose a la horrorosa algarabía. El mar se desbordó, queriendo abarcar toda la arena que, vacía ya de humanos, se mezclaba con el océano. Incapaz de moverme, me quedé donde estaba, arrastrada por el flujo de gente cuando, de repente, el agua me salpicó. Salvo que no era agua, era una marea negra y densa parecida al petróleo que avanzaba lenta y agónicamente. Me quemó nada más tomar contacto con mi piel. Sin embargo, apenas lo noté, mis sentidos estaban embotados. Y fue entonces cuando el cúlmen de aquella dantesca escena se pronunció: el cielo cambió de color violentamente a un marrón oxidado propio de la más atroz de las películas de terror, mientras el sonido tan sólo subía el volumen, dejándome de una vez por todas sorda. Me di cuenta de que me encontraba sola, acompañada únicamente por el faro, que, indiferente ante el horror que se desarrollaba ante él, seguía iluminando el negro océano, incondicional. Sola, ante la certeza de que, casi sin darme cuenta, llegué al infierno.

«De vuelta al horror» de Enrique Esteban De Cáceres

Una historia de sangre. Todo volvió a comenzar con un grito infantil y una bombilla parpadeante. Como ya sabían los niños, los monstruos se acercaban.
El orfanato había sido su única casa desde hacía demasiado tiempo, tanto que incluso algunos recordaban el exterior. Otros simplemente no lo conocían, y unos pocos afirmaban que esto era una cárcel por la falta de ventanas y puertas al exterior.
La cuestión era que no había salida. Los cuidadores se marchaban y eran reemplazaba por otros nuevos. Siempre eran amables, pero parecían carecer de nombres. Luego estaban los Guardianes, o así los llamaban los cuidadores: grandes estatuas negras, tan duros como el metal mismo y que en vez de cara tenían una máscara a la que le sobresalían dos círculos de lo que parecía un hocico. Se movían por los pasillos y no te prestaban atención a no ser que incumples las reglas.
El problema era que solo había dos formas de salir: aguantar lo suficiente y crecer, para que los Guardianes te llevaban con ellos para liberarte; o que, como esa noche, los monstruos te llevasen.
Se movieron sombras debajo de la puerta. Cabía la posibilidad de que trajesen a un chico nuevo.
La luz se apagó y la puerta se abrió. Una sombra humana se proyectó al interior del dormitorio. Vienen a por ti.

“Shakespeare mintió” de Iris Paz García

Shakespeare mintió. Convirtió la macabra realidad en un mito sobre el poder del amor. Lo que dejó escrito poco tenía que ver con la verdadera historia. No se mencionaba que los Capuleto eran una estirpe de hechiceros. Al igual que otras de las familias aristocráticas de la época, recibían una educación y tutela muy especial, dentro de la cual también estaba incluido el manejo de la magia. Shakespeare olvidó detallar que Julieth era la bruja más brillante de su tiempo e increíblemente diestra en las artes oscuras.

Los Capuleto identificaron a Julieth como su arma más poderosa. Tan bella como mortífera, sedujo a Romeo con espejismos de una muchacha dulce e inocente. Un vano reflejo de una cruel y astuta estratagema. Romeo, joven y frágil, no se percató del engaño.

Julieth tenía la mente fría y el corazón helado. Le hizo enloquecer de amor. Ella sabía que debía de encontrar la forma de matarle sin que pudieran llegar a sospechar de ella. Y por eso fingió haber tomado un brebaje somnífero para comprobar los verdaderos sentimientos de Romeo. Ella ya sabía que Romeo no podría soportar la idea de su eterna ausencia y que superpondría la muerte por encima de la vida. Y después fingió su propia muerte, llevada por la de su supuesto amado. Quizás el mayor de los embrujos de Julieth fue convertir al amor en el verdugo de Romeo.

Los Capuleto lograron vencer a los Montesco. Pero había alguien más. William Shakespeare conocía la historia real, pues le habían llegado rumores sobre que los Capuleto sabían manejar la auténtica magia. Indagó al respecto hasta recabar todos los detalles como para completar la historia. Julieth, sin embargo, consiguió detenerlo antes de que la honra de su familia acabase destrozada por completo. Lo capturó. Le dijo que si tan ansioso estaba por escribir la historia, escribiría la que ella deseaba. Le administraba veneno todos los días y fue ese mismo veneno el que menguó la vida del dramaturgo. No podía permitirse dejarle con vida o correría el riesgo de que la verdad saliera a la luz y, si escribía la historia tal y como ella quería, lograría inmortalizar la imagen de los Capuleto. Conociendo la trágica historia de la pobre Julieth, ¿quien diría ahora que no era más que una bruja? Terminaría por acallar los rumores.

Hay quienes cuentan que la tinta con la que está escrita la obra original de Shakespeare es el mismo veneno que le suministraba Julieth a este.

Julieth logró restaurar el honor de su familia, ser reconocida y admirada entre los suyos. Romeo falleció habiendo vivido en un engaño amoroso.

Todo se acabó resumiendo en una terrorífica obra de teatro con Julieth como la artífice y directora, Romeo como el actor principal y Shakespeare como el títere más obediente que jamás haya existido.

“Condenada a volar” de Iris Paz García

Admiro a los pájaros porque conocen la manera de echar a volar. Aprenden a volar antes incluso de saber valerse por sí mismos. Emprenden el vuelo sin pararse a pensar en los peligros del camino.
Admiro a los pájaros porque saben convertir su felicidad en una melodía y saben cantar su dolor.
Admiro a los pájaros porque callan cuando no tienen nada que decir.
Admiro a los pájaros porque, aún habiendo estado encerrados en una jaula, vuelan como si nunca hubiera pasado nada. Como si nunca hubieran dejado de hacerlo.
Y a veces pienso que si fuéramos pájaros no sabríamos volar. Porque estamos encerrados en la jaula del conformismo, porque nos da miedo cantar y decir aquello que tenemos que decir. Porque no sabemos que tenemos alas y, de saberlo, estaríamos aterrorizados de caer al suelo. Y a veces pienso que en realidad es el silencio, el miedo, la necesidad de
refugiarnos en la jaula por el que dirán y el temor a lo desconocido lo que termina por rompernos las alas.

En la Noche en Blanco

Asier Serichol Suárez

El último retazo de vida se escurrió entre las manos. Lloró, madeció, a pesar de todo. Mi abuela afrontó. Levantó su cabeza, sus ganas de vivir contra su pensamiento , Que todo acaba. Creía que debería levantarse de nuevo. Después de aquello una nueva vida se extendía antes sus pies.

Elena Monzón Cejas

– !Hemos aprobado, vamos a celebrarlo!

– Lo siento, tengo que ponerles la comida!

-Bueno, ¡hasta mañana!

Llego y me encuentro con mi otro trabajo . El que no hace nada y los llorones.

Les atiendo y me siento a estudiar. Es duro pero mantengo mi dogma , hazlo por ti, hazlo por ti.

Diego Sicilia Mora

Aquel estrés no era ni un cuarto del que habíamos sufrido ayer, eso ya era un motivo para sonreír de nuevo. Esa era la razón para seguir en pie. Para entrar por esa puerta aparentando que pienso que todo saldrá bien. Intentar no olvidar la felicidad que tendrá este dolor.

Iris Paz García

Adversidad, sinónimo de giro argumental. Hay gente que se convierte en el autor de su propia vida y no se limita a ser un personaje. Son héroes que corrigen las faltas de ortografía y puntuación, porque a veces es tan importante salvar algo o alguien como salvarse a uno mismo.

Enrique Esteban De Cáceres

El héroe soy yo, aunque haya otros que se lo merezcan más.

Fui yo quien, después de dos años, eligió no volver a estar rodeado de amigos que se olvidaban de mi. Soy yo quien, para dormir, necesita ser otra persona.

Pero me levanto todas las mañanas orgulloso de mi.

Nazayda Balmaseda Ramos

Con el alma rota, reparabas la mía. Tus lágrimas convertidas en sonrisas para que la mía no desapareciese. Me salvaste de caer en un agujero. Incluso conseguiste salvarte a ti, sin pretenderlo. Gracias por tus palabras, por tu fuerza, porque en un mundo sin valor, tú lo hayas tenido.

Marta Ramos Gómez

Héctor es un héroe. Llegó en mi era difícil y, sin saberlo, ya me emocionaba. Actualmente, sus juguetes y las horas a su lado usándolos son motivo de felicidad y sus carcajadas alimentan las mías. Solo tiene tres años, es mi hermano, y ya es mi héroe, alimenta lo fácil.

Normal People Scare Me

«R.I.P» de Elena Monzón Cejas

Ellos los aplauden, la multitud está eufórica. Pero yo estoy aterrorizado. Veo como cargan mi figura, encapuchados, ocultos como asesinos. Estoy lleno de sangre y perforado por los clavos. Mi madre, otra muñeca que me observa sin cariño, la sangre se me congela porque no la conozco. Desde aquí contemplo el monstruoso espectáculo reencarnado en el cuerpo de un espectador. Noto un dolor en el costado, la sangre brota, me están crucificando la imagen de nuevo. Mi alma se muere acuchillada por sus palabras y entonces llega la nada.
La muchedumbre se calla, notan algo en sus corazones pero no saben que en la tierra terminé de morir.

«El penitente» de Iris Paz García

Hay exactamente doce escalones que conducen hasta la entrada del campanario. Tiene los pies descalzos, sucios, llenos de tierra y con alguna que otra herida de la que salen unas gotas de sangre. Ha recorrido toda la ciudad así, sin poder evitar los cristales rotos e hirientes. Le duelen las piernas y le resbalan lágrimas por las mejillas. Pero hace un esfuerzo y pisa el primer escalón. Y cada paso que da está precedido por el repicar de las campanas, como si de un cántico celestial o de una sonata fúnebre se tratara. Llega allí en el vacío temporal de las 12 en punto, cuando no es ni ayer ni hoy, cuando no es de noche ni de día. Detrás del hueco que hay entre ambas campanas se esconden unas gárgolas y un balcón con unas vistas excepcionales a la metrópoli. Se acerca hasta ese hueco para contemplar el paisaje. Cuando está allí, desde ese punto a tantos metros de altura con respecto al suelo, tiene la sensación de que ha logrado obtener el control de algo. Las gárgolas de piedra caliza son como una escolta para él, cada una situada a sus costados.

—Míralo, siempre con ese estúpido atuendo del pobre penitente que lamenta sus pecados y carga lamentos sobre sus hombros —dijo la gárgola a su izquierda, ignorando por completa la presencia del hombre y dirigiéndose a su compañera.

—¿Qué dices? Tus palabras no tienen sentido —inquirió el señor. Estaba harto de todo, de su vida, de las cargas que arrastraba consigo y de todos los errores que había cometido a lo largo de los años.

La otra figura grotesca de piedra tomó la palabra:

—Las gárgolas no saben ver lo aparente, pero sí el alma. Reconocemos los demonios, los diablos, los ángeles y a la gente como tú, los penitentes. En ti solo veo un rostro cubierto por la sombra del capirote y una túnica harapienta. Tus pies también están atados por cadenas.

—Y cargaré con ello toda mi vida —apuntó este, compadeciéndose de sí mismo.

—Serás un penitente hasta que abandones la angustia y empieces a buscar en ti mismo la ayuda que tanto necesitas.

Visita al cementerio

«Es lo qué es Hecho» de Enrique Esteban De Cáceres

¿Qué es la Muerte? ¿Quién es la muerte? Si crees en algo, deja de leer.

Supongamos que la muerte es alguien, pero una sola »alguien» no puede velar a todos los muertos. Entonces es algo, una idea; pero al ser tan abstracta cada persona la define como quiere. Es natural, pero que nos matemos no lo es. Es una salida, pero no debería serlo. Es una solución, pero sin esperanza. Es justa, pero se lleva a niños. Es una fea verdad, pero una bonita mentira. Podemos definir a personas vivas como muertas, y a muertos vivos; por tanto no es definitiva ni rápida. Hay gente resplandeciente que muere, y otras que se ahogan en su oscuridad y viven. Tachemos, por tanto, »buena» y »mala» de la lista.

Pero nos hace iguales.

«La sostenido»  de Nazayda Balmaseda Ramos

Quisiera decir que me arrepiento, que lo que hice estuvo mal, pero, aunque jure éstas mismas palabras ante Dios, sabrías que no son ciertas, viejo amigo. Sabes bien que la manera en la que te permití irte es la mejor, pues te fuiste por medio de tu pasión, deberías darme las gracias. Aquel día, ¿cuántos años tenías? ¿Treinta? Ah no, lo pone ahí. Treinta y ocho años. No te creía tan mayor, querido. Recuerdo que era tu cumpleaños precisamente. Te sentaste en el viejo piano de nuestra flamante mansión y sólo bastó un mísero roce contra un La sostenido para que cayeras, querido mío, lo correcto sería felicitarme por mi competencia. Tan aguda fue ésa nota que tu dedo sin vida tocó involuntariamente… Fue un gran día, lo recuerdo bien. Y ahora, aquí estamos, dos viejos amigos en un diálogo que tan sólo es un monólogo. No espero que me contestes, claro, nunca fuiste bueno acatando órdenes, lo único que veías era tu piano, tu piano y nada más. No tenías tiempo para tu esposa, lo comprendo, pero ya ves, no me quedó más remedio que…bueno, hacer lo que siempre quise, y qué mejor manera de hacerlo que con tu verdadero amor, tu piano. La soledad me rodea, y éso es algo que me gusta, pero amor mío, nuestro hijo sigue a mi lado, recordándome a ti, tiene tus ojos…

¡Oh! se me ha echo tarde cariño, he de irme, el deber me llama y tendré que preparar mis lágrimas. Nuestro hijo llegará a casa en poco tiempo y tocará el piano. Espéralo, pronto estará contigo.

Crónicas personales de los Jóvenes Escritores sobre el acto de Presentación del libro «Algo que ignore a las cosas serias» y 15 Aniversario de La Escuela Literaria.

«Las cónicas del taburete universal» de Enrique Esteban de Cáceres

Me levanté de la silla. De MI silla. Tercera fila centro derecha si la miras desde delante. Me levanté porque todos los del curso de Jóvenes Escritores nos íbamos a sacar una foto con Antonia delante del cartel del libro. Estaba emocionado. Todos lo estábamos (creo), por lo menos ahora tendría algo que mostrar a mis compañeros. Y que decir que también me gustaba la idea de haber publicado algo. Me encantaba la idea.

Bueno, mi relato comienza cuando volvemos a los asientos con tres compañeros más que acababan de llegar. A ojímetro se podía ver que había espacio para todos, pero ante la duda (y porque soy subnormal) me quedé el último. Como podéis haber deducido ya, no había sitio para tres de nosotros, aunque deberían haber sobrado. El problema fue que varias señoras se habían sentado en la misma fila y no me había dado cuenta.

Tras un rato apareció el »securita’ ‘y nos puso dos sillas. Porque soy caballeroso (subnormal) y acordándome de que había más sitios en el otro extremo, no me molesté en quedarme y fui a la otra punta por detrás de la pequeña grada que habían montado. Había dos sillas y un taburete.

Cuando llego me encuentro que las sillas libres habían sido ocupadas por señoras mayores. De vuelta al rescate, el »securita» desplegó las últimas dos sillas delante mío y sabiendo que me quedaría de pie porque había otra señora con su hija, fui caballeroso. No hice ni un movimiento. Llegados a este punto se puede afirmar que mi caballerosidad no era subnormalidad, sino »jalipollez».

Empezó el acto, yo apoyándome contra la pared en la esquina de la grada. Antonia y el editor empezaron a hablar y a lo largo del evento tuve que apartarme y pedir perdón varias veces por estar en mitad del paso. Lo cierto es que no era el único que estaba de pie, pero yo era el único que sabía de la existencia del taburete: tres patas, de madera y de tapicería roja. Bastante elegante y podría haber sido mi trono. Un premio por mi caballerosidad; pero estaba el »securita» a mi lado y no estaba seguro de qué hacer. Y me pasé la mitad del evento atento al taburete. Mirándolo con premeditación y alevosía.

Podría haber sido más listo. Podría haberlo cogido o haber preguntado. Estaba en mitad de un universo literario, poco importaba lo que hiciese. Pero no lo cogí porque había más gente y yo soy caballeroso.

«Viajando en el tiempo» de Elena Monzón Cejas

Ya han pasado 15 años, pienso cuando llego al teatro, entro en la sala, ha cambiado más de lo que imaginaba, hay más butacas gracias a dios, pero los que más han cambiado son mis compañeros, ya me resulta difícil encontrar ese brillo infantil que había en sus ojos. Otros alumnos ya no están, por circunstancias de la vida.
Tampoco el editor que nos ayudó en un principio, ni mi padre, que ya es demasiado anciano para moverse.

En fin.

Cuando las sillas están abarrotadas se pronuncian los discursos con esas metáforas que ya sé dominar. Luego me aplauden por el libro que saqué este año. Si me hubieran predicho esto quince años atrás, no les habría creído.

Y después nos entregan los libros.

Me acuerdo de que avisaron que si pisabas en el centro del suelo te podías caer, al oír eso por primera vez me asusté, pero ahora deseo hacerlo.

¡Elena Monzón! Me acerco con los mismos nervios de antaño, y me coloco en el centro del teatro, una sensación de hundimiento aparece, mi cuerpo empieza a cambiar, las arrugas desaparecen, los granos vuelven a invadir mi cara, conmocionada descubro que estoy viajando en el tiempo, los minutos están congelados para los demás pero yo estoy cayendo…

Abro los ojos, estoy sentada junto a mis compañeros, todavía somos jóvenes y nuestro futuro sigue siendo incierto miro a la izquierda y veo a mi padre, que está orgulloso de mí, yo también lo estoy, nunca pensé que mi relato saldría en un libro. ¡Elena Monzón!, con las piernas temblando, me deleito todo lo que puedo con este ambiente de felicidad porque sé que es efímero, tengo que volver al presente, me dirijo hacia el centro de la sala, y algo tira de mí hacia delante, mi cuerpo cambia de nuevo, el tiempo se congela…

Cojo el libro y al sentarme, la persona que está al lado mío me dice !Ojalá pudiera viajar al pasado!. Tan solo tienes que cruzar el centro de la sala, murmuro con misterio.

«Mi pequeño duende» de Jon García-Valdecasas Vispe

– Tenemos un don, todos lo tenemos, yo lo tengo, tú lo tienes, cada ser que puede verlo, lo posee.

– ¿Ver el qué?

– Verlo a él.

– ¿Qué busca?

– Busca a gente diferente.

– ¿Dónde está?

– Se esconde. Está donde crees que no está. Es un reflejo, una maravilla, un misterio, un terror, una broma. Él lo es todo.

– ¿Es algo mágico?

– Es lo que crees que ves. Es literatura.

«Los caracoles sí saben leer» de Marta Ramos Gómez

«Los caracoles no saben leer» ¿Quién dice qué los caracoles no saben leer? La gente. ¿Quién si no? Pero los caracoles no son gente, ellos saben muy bien que sí saben leer, pero leer entre líneas, y también escribir. Además son muy atentos, pues poseen unas grandes antenas con las que observan y llevan su mundo a cuestas. Siempre van con su bella e intrigante lentitud por la calle, con su tamaño de hormiga y siempre pasando desapercibidos, y a vista de la simple gente, los caracoles siguen sin saber leer, y solo son animales raros que estorban. Pues está es la historia de 105 caracoles, todos diferentes pero con algo en común, el gusto por la escritura. Estos 105 caracoles eran algo distintos en su vida como animales, pues se fijaban en absolutamente todo, y los demás, la gente, simplemente sentía que eran animales raros pululando por las calles. Cada uno de estos 105 caracoles vivía con sus historias, hijos, hermanos… Y un día, por alguna extraña razón, decidieron entrar en una escuela caracoliana que ignorase las cosas serias, y tras varios cursos, o solo uno, dependiendo de cada caracol, pudieron publicar un texto en un libro, porque sí, la escuela era de caracoles que escribían, y sí, sí sabían leer, leer entre líneas, porque esos caracoles… Esos caracoles literarios distintos a ojos de la gente somos nosotros. Caracoles, pero caracoles con su casa e historias a cuestas, y, también, con un sueño cumplido.

Bang

«Libertad en el Caos» de Enrique Esteban de Cáceres

La humanidad está cayendo. Lentamente, pero sin parar. Agoniza. En ningún reino existe la paz. Nadie dialoga. Todo son gritos en el campo de batalla. Pero todo podía cambiar, todo debía cambiar. No había creación sin la destrucción, y ahí entra todo. El Caos. Solo los más fuertes, inteligentes y astutos sobrevivirán a esta limpieza;… a esta purga.

A medida que avanzo hacia la sala del trono todo se vuelve más lúcido, como si despertase de un lar letargo. Cada paso reafirma mi misión. Cada mueble lujoso, cada noble gordo, cada latido de sus corazones es injusto. Su honor y logros nace de la muerte de otros hombres.

Llego a la sala del trono, bien iluminada y circular. En el centro está el rey con sus consejeros, en la gran mesa redonda, discutiendo sobre la guerra. No, sobre SU guerra.

>>Algunos me saludan bajando la cabeza en señal de respeto, pero no los imito. Los guardias se empiezan a preocupar: no haber saludado, mi forma de andas (que por una vez es decidida), y la determinación que emito me delata. Pero no saben reaccionar.

>>Tampoco saben que la determinación que emito no es determinación en si, sino energía. La concentro, dejando la sal totalmente e la espera, expectativa.

-Gloria al Caos.

Bang.

«El End Bang» de Nazayda Balmaseda Ramos.

Noche cerrada. Estrellas que salpican el cielo como pecas en un inocente rostro. Una noche apropiada para despedirse.
Me doy la vuelta rápidamente y ahí está él. Esperándome con una triste mirada que dice »adiós» como un susurro. Ojalá todo fuera diferente. Un ruido me saca de mis ensoñaciones. El temido momento está a punto de llegar, lo noto. Corro hacia él una última vez para darle un último abrazo con el corazón desbocado. Sé que la galaxia echará de menos éste planeta. Sé que millones de personas que han hecho de él su hogar lamentaran su pérdida. Una última sonrisa para aceptar nuestro destino. ¡BANG!

OSITO ABRÁZAME

«Osito Abrázame» de Daniel Güidi Flores, alumno del Taller de Creación Literaria del Campus Artístico de Verano 2018

Sentí como que las paredes se estrechaban, aquella sombra que veía todas las noches sacó una afilada sonrisa. Las paredes se estrechaban más y más.

¡Alto! Chille como pude.

Por mucho que gritara nada cambiaba. Sentí que me ahogaba.

Apareció una dulce niña.

¡Ayúdame! Gritó la niña.

Es tu deber. Dijo en voz baja.

De repente pasó de ser una dulce niña a una alta mujer.

¡Has sacado malas notas! Chilló mientras pasaba a convertirse en mi peluche de la infancia.

Lo ví y me abrazé a él. La pared se abrío, aquello ya era normal.

Desperté del sueño, lleno de sangre. Mi madre me contó que me sí contra la pared.

Sería un buen taponazo. Pensé.

Yo en el fondo sabía que no era así. Estaba harto de ese sueño, hoy fue diferente, hoy apareció mi salvación, mi peluche. Sonreí, todavía estaba dudando. Fui al baño para lavarme la sangre. Miré al espejo y ahí estaba, no era yo, era la sombra.

LAS HADAS Y YO

«Las Hadas y Yo» de Sara González Perdomo, alumna del Taller de Creación Literaria del Campus Artístico de Verano 2018

-¿Qué es lo esencial en mi vida?

Verás, en mi mundo hay hadas, si, has entendido bien, hadas. Pero no son hadas cualquiera, son crueles y despiadadas por lo tanto para mi lo esencial es sobrevivir y más que en sentidos físicos como el dinero, trabajo, etc es más bien algo psicológico.

No, no soy un hada y si, si me discriminan por no serlo. Por ello y muchas otras cosas hay que sobrevivir a insultos, manipulaciones y magia oscura.

Es injusto que por ser diferente te traten como un bicho raro cuando, realmente lo son ellas.

Fionna

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