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Jlog. Un J-blog

Presentación del JLOG

El JLOG es un Espacio Jóvenes Escritores (11 a 17 años), es un escaparate literario para dar a conocer el trabajo de nuestros alumnos del Taller Jóvenes Escritores, tanto del curso anual, como del Campus de Verano.

Se trata de que todo el mundo pueda acceder a la lectura de los relatos que nuestros jóvenes alumnos escriben en la Escuela, de dar visibilidad a un excelente trabajo que se lleva realizando desde hace ya 14 años en La Escuela, por donde han pasado ya cerca de 500 jóvenes. Estos alumnos han realizado en estos años un gran trabajo literario que se ha dado a conocer en las tres publicaciones de la Escuela y en sus redes sociales. Ahora, queremos ofrecer la muestra de nuestro trabajo y nos gustaría que amigos, padres, profesores o lectores nos hicieran sus comentarios.

La profesora, Antonia Molinero y los alumnos, harán el filtro de calidad, decidiendo cada semana qué textos colgar. Cada entrada podrá ser comentada por nuestros lectores que no han de loguearse, sino simplemente entrar, leer y comentar.

Empezamos con los textos que el grupo de Jóvenes Escritores de la decimocuarta promoción (2017-18) que escribieron un relato en el Espacio La Cámara, buscando la inspiración en las fotos del fotógrafo Miguel Ángel Roldán. Los textos fueron brutales, magníficos… No sabemos si han influido más las fotos, el chocolate, los churros, la buhardilla, la profesora o el tema… pero ha sido espectacular.

Un poco de información sobre nuestros Talleres para Jóvenes Escritores:

Nuestro Taller artístico literario se imparte de octubre a mayo, y en verano (mes de junio) se realiza otro curso semanal. Estos talleres son fundamentalmente prácticos y están programado para facilitar al joven escritor la búsqueda de ideas creadoras, la inspiración y los temas para desarrollar con éxito su escritura. Se trata de estimular la percepción y el pensamiento, y de investigar cómo funciona la imaginación y el lenguaje para definir, partiendo de prácticas de escritura inspiradoras, el estilo personal.

El talento se puede desarrollar, estimular y guiar como sucede en toda enseñanza artística.

Todos los ejercicios propuestos les ayudarán a desarrollar la imaginación y a descubrir materiales de la realidad que serán de mucha utilidad para la escritura.

La inspiración nace de las posibilidades que se le de al pensamiento para encontrar nuevos significados desde la mirada artística.

Enlace al programa del Curso: http://escuelaliteraria.com/cursos/cursos-de-invierno/creacion-literaria-jovenes-escritores/

*No hemos quitado las antiguas entradas de nuestro antiguo blog porque son muy buenas, pero a partir de este momento, los jóvenes escritores OKUPAN este espacio por la cara.

LA NIÑA DEL VESTIDO ROJO

 

LA NIÑA DEL VESTIDO ROJO de JON GARCÍA VALDECASAS VISPE.

Sé lo que pasó esa noche, todo el pueblo lo sabe, toda la ciudad lo sabe, pero ellos no saben lo que sé yo.

Todo el mundo dice entre lágrimas:

  • Oh, qué lástima, murieron tan jóvenes.-

Pero la verdad solo es un reflejo más pequeño que la mentira.

Recuerdo esa noche en cada momento de mi vida. El sofocante humo me invadía la cara, no podía ver, no podía respirar, no podía ver con claridad, salvo un pequeño boceto de una niña.

La niña tendría más o menos seis años, tenía unos relucientes rizos amarillos y vestía un magnífico vestido rojo con unos zapatitos negros.

La gente me decía que estaba loco, que el accidente me produjo alucinaciones, pero yo recuerdo lo que vi. La niña me miró con esos ojos palidos y se fue acercando a mí poco a poco. Y ya cuando estaba a mi misma altura me miró tirado en el suelo intentando sobrevivir y ella se río.

Esa risa macabra suena como un eco dentro de mi cabeza. Y entonces me dijo.

  • Tranquilo Franklin, hoy te vendrás conmigo y con mi familia a nuestra casa. A jugar con mi pelota, no te acuerdas lo contento que te ponía.

Y así como un veloz rayo de sol desapareció.

Investigué a la niña años y décadas y ahora estoy aquí, en la casa que mencionaste para descubrir la verdad. Subí las escaleras, agarré el manillar de la puerta y bruscamente la abrí. Y allí encontre el peor miedo que nadie pueda imaginarse.

Nada, no había nada, ni pistas ni enigmas. Solo una habitacion vacía.

Me equivoqué. La mentira solo es un reflejo más grande que la verdad.

El CAMINO DE LAS COSAS

 

El CAMINO DE LAS COSAS de Asier Serichol Pérez

El tumulto de gente abarrota la sala en un santiamén. Personas de todas las etnias entran a la vez, como un tropel, y me dejan suspendido en medio de un mar humano.

Me fijo en la mirada de cada ser que atraviesa mi alrededor, todas perdidas. Todas en direcciones diferentes. La infinidad de turistas sacan móviles y cámaras de fotos e intentan captar el mejor plano entre toda la gente.

-¡Paso! – Grito desesperado entre la multitud- Leches, que dejen paso.

Nadie se mueve ni un ápice. Rebajo mi mirada hasta mi transmisor, pensando en las órdenes salidas por el chisme hace por lo menos una media hora:

-Supervisa estancia.

Consigo abrirme paso, rebaso a un pareja japonesa que comentan ensimismados las pinturas. Esquivo a un grupito de ancianos y me escabullo entre los que mantienen sus cámaras en alto para las fotos del recuerdo.

-Aquí seguridad, nada extraño en la sala, todo en orden-. Le grito al aparato esperando que alguien escuche mis declaraciones al otro lado de la linea.

De repente unas exclamaciones inundan la estancia.

Empujo desesperado a las dos primeras filas y llego a la valla de seguridad. Entonces… Abro mucho los ojos y arranco el walkie del cinturón…

Tartamudeando… Informo hacia el aparato.

-No me lo puedo creer… Aquí en la sala, hemos… hemos perdido un cuadro.

BORRADORES DEL AMOR

 

BORRADORES DEL AMOR de Marta Ramos Gómez

Caminé. Caminé sola un martes lluvioso a las cinco de la tarde por La Laguna. No quería compañía, no tenía ningún destino, simplemente caminé. Llevé un lápiz y papel y a cada rato me ponía a escribir algo, pero seguía caminando, no sabía qué quería, no tenía ganas de nada, ni siquiera buscaba algo en concreto, pero no llevaba un buen día. Solo quería olvidar, olvidar aquel nombre, ese que me hacía daño constantemente, ese que hoy, una vez más, había vuelto a salir del pasado. Seguí sin rumbo, y ya eran las siete, se me había pasado la hora de las clases de saxofón, pero daba igual. Todo daba igual. Al girar una esquina, por la cual paso todos los días acelerada para ir al instituto, me paré. Me paré y observé como nunca lo había hecho antes todo lo que había en aquella calle. Entonces la vi, aquella papelera rodeada de flores al lado de la cual, en un banco, había pasado mil horas contigo, cuando te quería, o más bien, cuando me querías, porque yo aún sigo haciéndolo. A lo largo de los años que pasé contigo, esa calle cambió mucho, y también la papelera y las flores que tenía alrededor. Cuando empecé contigo la papelera no tenía nada escrito, tampoco tenía flores. Unos meses más tarde, alguien había escrito en ella un nombre, que curiosamente coincidía con el tuyo, Bruno. Un tiempo más adelante, las flores empezaron a crecer, pero nuestro amor, o más bien el tuyo, cada vez se apagaba más. Un tiempo después lo hiciste, me engañaste. Yo no lo pude soportar, y a pesar de lo mucho que te amaba, y te amo, lo dejé contigo, me alejé de ti, pero solo físicamente, porque de mi mente aún no te has ido. Hoy me paré una vez más en esa calle, pero tú ya no estabas, y las flores, las flores estaban mucho más grandes; habían invadido a la papelera, y parecía que me miraban diciendo: hiciste bien, todo florecerá y su nombre se borrará de esta papelera, haciéndolo a su vez de tu corazón.

LA CRUELDAD DE NACER

 

LA CRUELDAD DE NACER de Mónica Cobo Kapyrina

Siempre he sido un hombre, o eso es lo que dice mi novia siempre. Cada día me lo recuerda, siempre me tortura con el mismo arma.

La verdad; la que tanto intento ocultar, la que a tantos problemas me ha llevado por hacer el pecado de florecer y no quedarse bajo tierra, por gritar sus colores y sus peculiaridades. Mi verdad, es que soy mujer. Me siento como una mujer, pienso como una mujer, actúo como tal…

Cada día me es un tormento, un sacrificio. Mis lágrimas me hacen parecer un demente, en vez de: REAL. Mis emociones me hacen siempre parecer un antónimo.

No veo día en el que no cometa equivocaciones, pero lo extraño, es que en mi interior no se sienten como tales. Hago lo que mi corazón me ordena, pero parece que ello es pecado.

Grito en silencio cada noche al dormir con la persona que más me odia en el mundo. Su excusa siempre es que sigue conservando esperanzas, la fe en que “vuelva” a ser yo, pero, lo que en realidad no sabe, es que siempre fui así. No quise convertirme en la mancha que ahora impregna su vida, pero mi corazón no podía aguantar más encerrado en semejante jaula; la que conlleva el convivir con la sociedad.

Hay un recuerdo que nunca llegará a escapar de mi memoria, que nunca llegará a convertirse en algo tierno.

Hoy mi rostro no es el mismo, y nunca volverá a serlo. Evocaciones surgen frente a mis ojos; ahora hinchados de tanto dejarme llevar. Sus manos se aferran a mi cuello violentamente ( *oscuridad* ), su voz se transforma en gritos inhumanos ( *oscuridad* )

Quedo magullado en el suelo, con manchurrones de color escarlata recorriéndome la piel ( *oscuridad* ) aún puedo presenciar con toda su vivacidad su último golpe; ése que ni con sus polvos de maquillaje que en secreto me ponía, irían a arreglar.

Por fin puedo reflejar lo que siento al exterior, ¡por fin! Aunque no sea lo que deseaba. (Dolor)

ESPEJISMO

 

ESPEJISMO de JON GARCÍA-VALDECASAS VISPE

Abro los ojos y lo único que veo es ego. Un ego intenso y profundo, veo a personas pasar con sus máquinas de luz. Los tiempos de ayer eran muy diferentes a los de hoy, todo ha cambiado, algunas cosas para bien, otras para mal.

Ya no reconozco ni mi propio hogar, llevo siglos mirando la misma dulce foto pero hoy será diferente.

UN SUBJUNTIVO MUERTO EN ORSAY

 

UN SUBJUNTIVO MUERTO EN ORSAY de Ana Marante González

No veo nada desde mi ventana, no encuentro personas, ni sonrisas ni lágrimas, no veo la Torre Eiffel ni tampoco sus luces, las estrellas y la luna alumbran otra estancia y no encuentro París porque tampoco me encuentro a mí. Solo veo el cielo, solo encuentro su color y oigo su silencio. Desde la ventana respiro el olor de la polución y pienso en ellos, en mis padres, en el momento en el que me convertí en el tópico de huérfana que se esconde en un museo. Mi padre era artista, mi madre era artista, yo no soy un pretérito imperfecto, soy un presente, pero no soy nadie, escapo a las reglas del modo indicativo o imperativo, yo soy un subjuntivo, un quizás encarcelado en el Museo de Orsay. Observo el Sacre Coeur y cierro los ojos mientras el silencio de la noche me hace de nana, pero entonces escucho unos pasos a mi espalda y asustada cojo un pincel a modo de arma. Suspiro, es Renoir, mi amigo, mi compañero de desván, otra alma secuestrada en un retrato.

– ¡Ey! ¿Te parecería bonito que yo te apuñalara con un pincel? ¿No encontraste mejor arma?- me pregunta con sus aires de superioridad.

– Lo siento, pensaba que eras algún curioso que se había colado en el museo. No nos conviene que las personas nos vean, demasiadas preguntas.

Renoir se sienta a mi lado y juntos observamos el Sacre Coeur y respiramos, pues es la única hora del día en la que podemos alimentar nuestro corazón de oxígeno. Entonces le hablo de mis padres y él me cuenta las historias de sus cuadros, expuestos en el salón de abajo, charlamos y charlamos. Otra noche más hablando con un fantasma, con el cuadro que decora el desván que me hace de hogar, hablando con el arte, mi única familia. Renoir y yo, pintado a en lienzos con vistas al Sacre Coeur , las mismas vistas durante los dos siglos que llevo viviendo dentro de un cuadro, rectifico, muriendo en un cuadro, con solo sesenta minutos al día cada madrugada para adquirir forma humana, mientras mis padres que no fueron pintados descansan en paz. Otra noche más ensuciando de lágrimas mi marco, siendo una muerta, una nadie, un subjuntivo muerto en el museo de Orsay.

BATALLAS PERDIDAS

 

BATALLAS PERDIDAS de Iris Paz García

La gente suele decir que los piratas ganan cualquier batalla, pero no es verdad. Cuando luchan contra los marineros, masacran todo cuanto pueden. No matan en busca de un tesoro, aunque todo el mundo piense que es así. Saben domar el mar y cuidar de su barco, lo aprendieron para nunca olvidarlo.

Lo que nadie sabe es que los piratas ganan porque ya tuvieron muchas batallas perdidas. Destruyen a los marineros que tienen algo que proteger porque ellos perdieron aquello que tenían que cuidar. Y por eso decidieron proteger al mar y a sus barcos. Tan cruel es su destino que custodian aquello que no necesita a nadie para estar a salvo.

Aquella noche no hubo ninguna batalla que librar. No había un mar del que escapar. Y en aquellos momentos los piratas recordaban el pasado que se había llevado el mar en las tormentas. Por eso el capitán se había quitado sus ornamentados ropajes y su espada, fiel acompañante. Aquella noche fue un hombre, y no el capitán de un barco pirata.

Se sentó en un pequeño rincón de la proa del barco. Sujetaba entre sus manos un farolillo. Lo soltó y dejó que ascendiera hasta llegar al cielo. No, aquella noche fue mucho más que un hombre, fue un padre. Volvió a ser el padre que, junto a su hija, liberaba luces que volaban hasta el cielo, convirtiéndose en una estrella más.

Volvió a ser el padre que había perdido una batalla, que había perdido a su hija, que no la había podido proteger de la muerte.

Pero a la mañana siguiente volvería a ser el hombre de las batallas perdidas que intentaba sembrar victorias cuando, en realidad, vivía en una gran derrota.

LA MAGNITUD DEL ENGAÑO

 

LA MAGNITUD DEL ENGAÑO de Guillén Berástegui de Armas

Hoy he subido hasta aquí, pero no creí que que me llevara tal decepción cuando llegara. Los doscientos escalones que me separaban me han dejado agotado, pero mis músculos no están ni por asomo tan desgarrados como lo está mi alma ahora mismo, porque he descubierto la simpleza de mi ser.

Por un primer momento sonrío por todo cuando llego. Sonrío por haber escalado, sonrío por mirar que los pájaros surcan a mi lado, sonrío porque veo toda la ciudad desde aquí…y ahí empieza todo. Veo que la ciudad se impone ante mí desde ese monumento que tantos aprecian y que tanto significa para el pueblo. Veo de repente que sólo estoy encima de un gran montón de piedra y cemento. Veo que la gente es estúpida por querer tanto algo así. Entonces las miro, a todas esas personas que están ahí abajo haciendo una vida normal y cotidiana. La flecha de la iluminación atraviesa de pronto mi mente por completo, abriéndose del todo sin dejar que nada se quede en mi ridícula cabeza, porque eso es lo que soy, soy como ellos.

Me doy cuenta de que yo también pienso que eso hace a los hombres grandes, que somos grandes por torres y torres más altas. Me doy cuenta de la magnitud del engaño al que somos sometidos. Los humanos nos destruimos inconscientemente con la palabrería. Un día nuestras obras carecerán de límites y nuestra arrogancia podrá con nosotros.

El hombre no es más que un hombre. Habrá que buscar las alas antes de caer en el vacío.

EN SEÑAL DE PAZ

 

EN SEÑAL DE PAZ de Nazayda Balmaseda Ramos.

Una vez más aquí, en el mismo sitio haciendo exactamente lo mismo. Cansada de esto y de tanta mentira, salgo d allí. Siempre yendo a la misma cafetería con el mismo traje y el mismo semblante alegre que no tiene nada que ver con mi realidad. 

—¡Gracias!—exclamo por millonésima vez mientras salgo por el marco de la puerta. 

Me congratulo de la suerte que tengo de conocer al camarero. Gracias a él como todos los días, bueno, como yo, y también come mi familia.

Quizás es paranoia, quizás me estoy volviendo loca de comer tan poco, pero creo que alguien me está siguiendo. Camino rápido, acostumbrada a que me sigan borrachos y cosas así. Pero no es un borracho, por sus pasos percibo que es una persona normal, en concreto un hombre, joven por su intensidad. Y se está acercando. Por fin, llega a mi lado.

Me preparo para una patada en sus partes, que siempre les deja en el suelo, y me dan suficientemente tiempo para correr y escapar hacia mi casa.

Me vuelvo violentamente y impulso mi rodilla hacia arriba, pero él es demasiado rápido y para mi golpe.

— ¡Ey! Tranquila, no te voy a hacer daño — dice alzando las manos, en señal de paz. Es guapo, es lo primero que pienso. En seguida desecho ése pensamiento de mi mente, no tengo tiempo para esto. Probablemente es de mi edad, o quizás un poco mayor. Fuerte y demasiado creído para mi gusto. Él empieza hablar, y yo le pido que no me toque.

Me dice que se llama Tyler, y que solo quiere acompañarme hasta mi casa. Mi instinto me dice que no le deje, pero estoy muy cansada y demasiado harta cómo para decirle que no. Así que caminamos juntos hasta allí, el sitio del que siempre me avergüenzo,del que jamás podré salir: mi casa.

— ¿Quién vive aquí? — pregunta él confundido y con los ojos cómo platos.

— Yo — respondo amargamente.

Cierro los ojos, esperando el momento en el que él me mire con asco y se vaya corriendo. Pero no llega, él se queda ahí parado, noto su respiración entrecortada por el frío que hace.

— ¿Y tu familia? — pregunta tras un rato d silencio.

— Eh… también viven aquí — respondo en tono neutro, sorprendida por que se interese por algo así. Nunca tuve un amigo, una persona que se preocupara por mí. Pero no puedo, no puedo revelar los secretos de mi familia.

— Gracias… por acompañarme hasta mi casa, no tenías por qué — digo mientras nuestros ojos se encuentran. Los de él son de un profundo azul, como el del mar,  como el mar que tanto me gusta.

— ¿Cuando te volveré a ver? — pregunta.

— No creo que nos volvamos a ver — respondo, mientras me doy la vuelta.

Él me sigue hasta la ajada puerta de la casa, pero se la cierro en las narices.

Él golpea la puerta desde fuera, esperando a que le abra. Tras unos tres golpes decido abrirle, pero no llego a hacerlo, mi madre se pone en medio.

— Hola mamá — digo en tono neutro.

— ¿Quién es? — pregunta en tono feroz.

— Nadie del que te tengas que preocupar — respondo rápidamente.

— Éso lo decidiré yo — dice mi madre abriendo la puerta.

Tyler retrocede nada más verla, pero se contiene y se queda a unos cuantos metros de mi madre.

Mi madre le sonríe y se prepara para hacer lo de siempre, pero yo me adelanto y me pongo entre ellos dos.

— MAMÁ, NO — digo con convicción.

Pero mi madre tan solo me mira y sonríe, dispuesta a quitarme de en medio. Soy lo bastante rápida como para cerrar la puerta, dejando así algunos minutos para que Tyler se pueda ir corriendo.

— ¡Vete! — le grito.

— No me iré hasta que me digas qué es tu madre.

— ¿Cómo que qué es mi madre? — pregunto, con la esperanza de que me crea y se olvide.

— Yo…— dice él confundido.

— Está bien, Tyler, vete de aquí, no te puedo decir nada.

— Dímelo. O te juro que no muevo el culo de aquí — dice él, claramente sin entender la situación.

Respiro hondo. No quiero que muera.

— Está bien. Te lo diré. No es ¿qué sí es mi madre? Es qué somos mi familia.

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