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Jlog. Un J-blog

Presentación del JLOG

El JLOG es un Espacio Jóvenes Escritores (11 a 17 años), es un escaparate literario para dar a conocer el trabajo de nuestros alumnos del Taller Jóvenes Escritores, tanto del curso anual, como del Campus de Verano.

Se trata de que todo el mundo pueda acceder a la lectura de los relatos que nuestros jóvenes alumnos escriben en la Escuela, de dar visibilidad a un excelente trabajo que se lleva realizando desde hace ya 14 años en La Escuela, por donde han pasado ya cerca de 500 jóvenes. Estos alumnos han realizado en estos años un gran trabajo literario que se ha dado a conocer en las tres publicaciones de la Escuela y en sus redes sociales. Ahora, queremos ofrecer la muestra de nuestro trabajo y nos gustaría que amigos, padres, profesores o lectores nos hicieran sus comentarios.

La profesora, Antonia Molinero y los alumnos, harán el filtro de calidad, decidiendo cada semana qué textos colgar. Cada entrada podrá ser comentada por nuestros lectores que no han de loguearse, sino simplemente entrar, leer y comentar.

Empezamos con los textos que el grupo de Jóvenes Escritores de la decimocuarta promoción (2017-18) que escribieron un relato en el Espacio La Cámara, buscando la inspiración en las fotos del fotógrafo Miguel Ángel Roldán. Los textos fueron brutales, magníficos… No sabemos si han influido más las fotos, el chocolate, los churros, la buhardilla, la profesora o el tema… pero ha sido espectacular.

Un poco de información sobre nuestros Talleres para Jóvenes Escritores:

Nuestro Taller artístico literario se imparte de octubre a mayo, y en verano (mes de junio) se realiza otro curso semanal. Estos talleres son fundamentalmente prácticos y están programado para facilitar al joven escritor la búsqueda de ideas creadoras, la inspiración y los temas para desarrollar con éxito su escritura. Se trata de estimular la percepción y el pensamiento, y de investigar cómo funciona la imaginación y el lenguaje para definir, partiendo de prácticas de escritura inspiradoras, el estilo personal.

El talento se puede desarrollar, estimular y guiar como sucede en toda enseñanza artística.

Todos los ejercicios propuestos les ayudarán a desarrollar la imaginación y a descubrir materiales de la realidad que serán de mucha utilidad para la escritura.

La inspiración nace de las posibilidades que se le de al pensamiento para encontrar nuevos significados desde la mirada artística.

Enlace al programa del Curso: http://escuelaliteraria.com/cursos/cursos-de-invierno/creacion-literaria-jovenes-escritores/

*No hemos quitado las antiguas entradas de nuestro antiguo blog porque son muy buenas, pero a partir de este momento, los jóvenes escritores OKUPAN este espacio por la cara.

Ismael

“Ismael” de Iris Paz García

No le habían visto nunca a pesar de que hacía casi 4 meses que se había matriculado en la escuela.
Su nombre encabezaba la lista de alumnos, había un sitio libre reservado para él y se guardaba una copia extra de los apuntes por si hacía acto de presencia en cualquier momento. Sus compañeros de clase solo sabían que se llamaba Ismael. Al parecer, sus padres le habían matriculado en uno de los cursos impartidos en la Escuela Literaria para después desaparecer sin dejar ningún teléfono o forma de contacto con ellos.
Habían elaborado sus propias teorías con respecto a semejante individuo. Asier estaba convencido de que solo se había matriculado en un curso de creación literaria como ese porque sus padres le habían obligado así que se había vuelto aficionado a hacer pellas todos los sábados por la mañana.
Nazayda apostaba más por la posibilidad de que Ismael fuera un fantasma que, harto del hastío y la desolación que tanto caracterizaban a la mortalidad, había hallado refugio en su pasión por la literatura y solía visitar el mundo de los vivos. Diego creía que Ismael era invisible y estaba
desesperado porque los demás le vieran o que supieran intuir su presencia, teoría que Marta secundó con especial énfasis. Más que un fantasma o un chico invisible, Elena se inclinaba porque Ismael era una concentración de energía poderosa que habitaba en la escuela. Jon fantaseaba con que Ismael vivía escondido en La Pecera, el nombre con el que se conocía al despacho de Antonia, y era él quien escribía aquellas frases o reflexiones en la pizarra de la pared. Moisés y Sonia apostaban que Ismael había muerto en algún accidente y que sus padres habían pasado por alto dejar constancia de ello a algún trabajador de la escuela. En cuanto a Enrique… bueno, a Enrique no le preocupaba mucho Ismael.
Y al igual que hay historias que necesitan ser contadas, hay personajes que necesitan ser narrados.
Ismael no había sido obligado a matricularse en la escuela, no era invisible y tampoco un fantasma o una energía, no vivía escondido y tampoco había muerto desafortunadamente. Ismael era un personaje creado a partir de la imaginación de Antonia Molinero. Fue ella quien rellenó un documento de matriculación a su nombre y le habló a sus alumnos acerca de la llegada de un nuevo integrante en el grupo. Ismael no era nadie, tan sólo ficción.
Pero la ficción siempre contiene una pequeña porción de realidad. Ismael estaba construido a partir de alocadas ideas e hipótesis rocambolescas, era el protagonista de su propia historia, era un misterio imposible de resolver, tan incomprensible como insólito. Antonia Molinero había logrado que sus alumnos perdieran el sentido de la cordura, que hallaran cosas extraordinarias en la normalidad, que potenciaran su inventiva, que se esforzaran por encontrar el sentido de las cosas y así entender el mundo que les rodeaba. Ella les había dado un lienzo en blanco y ellos lo habían
pintado a su antojo, habían teñido aquel punto de partida común con su visión del mundo y su imaginación desbordada. Ellos le habían dado vida a Ismael, el personaje que intentaba ser real.

“Ismael” de Sonia Siverio Morales

Yo era un niño con un sueño, uno que bailaba entre las letras y fluía en la tinta que teñía el papel.
Buscando un lugar en el que dar mis primeros pasos llegué a la Escuela Literaria, donde las ideas se escondían en las galletas y las palabras se formaban con el vapor del té.
Esperaba a que empezara el nuevo curso y aquellas grandes puertas se abrieran para esas almas compuestas de ideas deformadas y papel, sin embargo, a pesar de la innegable euforia que reinaba en mi interior, también estaba nervioso, incluso asustado, tanto que el miedo cobró vida y desató el caos en mi interior.
Una noche me despertó un ruido que provenía del interior del armario, me quedé inmóvil en la cama, viendo como la puerta se abría despacio dejando paso a una sombra, o tal vez un hombre. Mientras caminaba sigiloso por la habitación me dejó ver su rostro sin ojos y su piel blanca la cual estaba manchada de un líquido negro que parecía ser sangre, el miedo se había personificado y me había encontrado.
A la mañana siguiente el cuerpo inerte de Ismael yacía sin vida bajo su cama, pero su espíritu logró refugiarse en el único lugar donde pudo vencer al miedo, la escuela, y pasó allí escondido el resto de su eternidad, vagando entre las paredes, escuchando historias y consumiéndose en sus ganas de escribir.

“Ismael” de Elena Monzón Cejas

Las puertas del paraíso no son doradas, no tienen un rico decorado ni hay una luz deslumbradora cuando las abres. Mis puertas del paraíso son marrones,escondidas tras una hilera de casas.También son mi forma de redención, de eliminar ese odio que no me deja vivir ni morir.Ya he conseguido sentarme en la silla de su despacho, a pesar de mi cuerpo liviano como una pluma.Lo peor es cuando llega el momento de escribir; puedo garabatear algunas letras, pero eso no es suficiente. Escucho escondido en esa habitación a la que no prestan atención,memorizando los consejos, esperando la hora de volver a utilizarlos. Hoy es un día diferente, la fuerza me invade y cojo el lápiz. Todo empezó el día en que mis padres me anunciaron que iría a la escuela literaria,en ese momento quería rebelarme contra esa actividad que me dejaría en ridículo.Luego experimenté una sensación de incredulidad al descubrir que era bueno y que tenía imaginación.Poco a poco cogía confianza en mí mismo. En el colegio alardeaba de lo bien que escribía. Hasta había olvidado la existencia de los que se metían conmigo, craso error. Ellos sabían donde vivía y un día cuando iba de camino a mi casa me acorralaron. Me insultaron, yo me envalentoné y les di un puñetazo. Salí corriendo pero ellos eran más rápido,me golpearon en la cabeza, y me quedé incosciente.Más tarde no sentía nada, mi cuerpo seguía inerte y yo flotaba, sólo me movía el deseo de venganza.
Añado un final para que la editorial publicase mi novela y un nombre anónimo,claro. Meses más tarde me dicen que tengo que hacer una firma de libros. Llega el día y veo a todos mis fans, están ansiosos por conocer mi identidad. Cuando entro en la sala recibo una ovación del público.En la ronda de preguntas los identifico,unos canallas aficionados a la lectura. Uno de mis fans me pregunta a quien va dedicado este libro. -Este libro va dedicado a los entes que parecen maleantes pero que en realidad envidian a la gente decente. Yo tengo una frase dedicada a mis maleantes personales,aquí presentes, sobre un autor que leían en secreto por miedo a ser descubiertos. Como dijo William Shakespeare “El cobarde muere muchas veces, el valiente sólo una”- Acto seguido el público aplaudió y vi que esos dos se escabullían rojos de la vergüenza. El público se percató de que eran ellos a los que me refería y los abuchearon hasta que pusieron pies en polvorosa. Sonreí, ya mi alma estaba libre de perturbación, saludé a mis lectores como si fuera la última función de un actor y …desaparecí.

“Ismael” de Nazayda Balmaseda Ramos

El cielo se iluminaba lentamente mientras la ciudad iba cobrando vida. Mi corazón habría latido con violencia si aún lo tuviera, pero no importaba, nada de aquello importaba porque, un día más acudía al sitio en el que mis palabras se liberaban y con ellas los fuertes grilletes que me ataban al mundo de lo difunto aflojaba su agarre. Me levanté en cuanto oí las llaves en el exterior, aunque sabía que, por mucho que me moviera, nadie sería capaz de verme. Todo había comenzado aquél aciago día en el que, tras una máscara de arrogancia y narcisismo, cometí un error garrafal, creyéndome invencible cuando nada más lejos de la verdad, mi invicta estrategia fue derrotada. Quince años de vida había conseguido, sin valorarla apenas, temerario e irresponsable. Sólo necesitaba acabar con una molesta vida para conseguir un triunfo más; una prueba de que mi mente desconocía los límites de lo mundano. Una estupidez. Su inteligencia ganó la batalla y su premio fue mi vida. Así, tan fácilmente como arrancar una hoja de un árbol, apretó el gatillo, produciendo un estruendo ensordecedor que determinaría mi muerte. Recuerdo la luz, una luz cegadora y blanca que me atraía, emulando a un imán. Pero mi ira y la sed de venganza era demasiado poderosa y me resistí a lo correcto, al descanso eterno, en su lugar, firmé mi condena. Apenas unos segundos después, la luz comenzó a desaparecer, dándome falsas esperanzas y volví a ver el oscuro callejón en el que, minutos antes, había dejado escapar mi vida. Quise levantarme, y me fue fácil, pero mi cuerpo no me acompañaba, me dio un vuelco al corazón, pero ya no lo sentía. Grité sin sonido y golpeé la grava, atravesandola con facilidad, consciente de que ya no podía salvarme.
Fue un tiempo después cuando lo encontré, la salvación que buscaba. Un local relativamente pequeño, con una curiosa aura rojiblanca. Entré, acostumbrado a ser invisible y resultar ajeno a los mortales, cómo sí viviera en otro mundo, lo que era una verdad a medias, pues me encontraba en un cruce entre ambos mundos, condenado a varar en una parada de autobús a medio camino, esperando por un vehículo que jamás llegaría. Aquél día se impartía un curioso curso de escritura, para jóvenes escritores. “Almas como la mía” pensé, pero no lo eran, no, la mía era un alma corroída por el odio y la ira, que jamás encontraría redención, por mucho que la buscara. Pasé la sesión inmerso en pensamientos filosóficos y sumergido en un mar de imaginación, nadando entre palabras elegidas con mimo y dedicación. Decidí volver el siguiente día. Y el siguiente. Y así hasta ir todos los días que aquella clase tenía lugar, ávido de conocimiento para expresar, aunque me fuera imposible hacerlo de manera corpórea. Había intentado disfrutar del resto de clases que en aquél altar del pensamiento se daban, pero ninguna despertaba en mí ése deseo de volver a tener sangre en las venas, únicamente para poder coger un bolígrafo y escribir, tal y cómo lo hacían aquellos curiosos jóvenes. Cada día esperaba la hora en la que la puerta se abría, dejando paso a la luz y a la oscuridad, al todo y a la nada, a un mundo en el que lo más importante no era competir por el intelecto, sino compartirlo para beneficiar unos a otros. Es cierto que mi cuerpo ya no puede hablar o comunicar, pero también lo es que ya no lo necesito, porque ahora es mi alma la que lo hace por él.

“Ismael” de Diego Sicilia Mora

Doy un grito de angustia. Uno más. Una más entre muchos otros. Uno de los otros cuantos de este día . Uno perdido entre millares de otros. No tiene otro aspecto. Ni otra tonalidad. Es un grito estático. Un grito anclado a mi garganta. A la simplicidad de un grito. A la misma emoción de siempre. A la emoción que porta aquellas cuatro desoladas paredes. A el caso omiso de todos aquellos lectores empedernido. A la soledad. A la pocas menciones de aquellos pocos adolescentes. A la gilipolles de gritar cuando nadie escucha. De escribir cuando nadie te lee. De pensar cuando nadie piensa que existes.

Imágenes propias como pauta narrativa

Los rompetormentas” de Iris Paz García

Era un sábado por la mañana cualquiera. La ciudad había despertado y, en medio del sonido del tráfico, las conversaciones telefónicas, gente acelerando el paso y el olor a café de una cafetería cercana, cinco jóvenes tomaron asiento en un banco algo apartado.
Lo extraordinario suele hacer acto de presencia en las situaciones ordinarias. Ellos eran la somnolencia en un mundo con insomnio, usaban palabras y signos de puntuación para entender lo que les rodeaba, dejaban huellas de tinta sobre un espacio en blanco. En la vulgaridad de aquel
banco se desató la más insólita de las tormentas de ideas, con lluvia de metáforas, relámpagos de fantasía y truenos de expectación. Sus mentes se desperezaron, se les desenredaron las ideas, rompieron con los grilletes de la imaginación que habían sido impuestos por el que dirán.
Pero al fin y al cabo, solo eran cinco jóvenes sentados en un banco con la mirada perdida, buscando comprensión en lo inentendible.

“El final” de Nazayda Balmaseda Ramos

Una avalancha de emociones digna del pico más nevado cayó sobre un solitario individuo en el centro de la carretera. Los engranajes de su mente empezaron a moverse chirriando mientras las piezas de un complicado puzzle encajaban. Por fin lo comprendía. Caminó, hacia delante, hacia un destino inexistente, hacia la nada, hacia un todo. Por fin comprendía que jamás vería una sola alma que se pareciese a la suya, que la soledad lo llenaba por dentro, como si fuera un recipiente en el que depositar los sueños perdidos. Caminó, deseando encontrar algo que lograra desarmar, piedra a piedra, el oscuro castillo rebosante de incertidumbre que se escondía en sus pesadillas. Caminó, olvidando la esperanza y, de una vez por todas, dándose cuenta de que era el último de los suyos.

Relojes” de Sonia Siverio Morales

Las agujas del reloj pasan rápido, sin detenerse, siempre están ahí con su suave tic tac, te ven crecer, reír, llorar, amar, sufrir, vivir, envejecer y finalmente morir.
El tiempo es un concepto demasiado abstracto, parece que fue hace unos segundos cuando te cogía por primera vez entre mis brazos.
Crecías poco a poco, tu primera risa, tus primeros pasos y antes de que pudiera darme cuenta, en un par de pestañeos ya ibas de aquí para allá investigando cualquier objeto extraño que te encontraras.
Te sentaste a mi lado mientras intentabas armar aquel nuevo juguete, yo te ayudaba en silencio, de vez en cuando alzaba la mirada y te veía concentrada, intentando lograr ese pequeño reto que para mi era insignificante pero para ti era lo más importante, en ese momento sentí envidia de ese reloj que te vería crecer mientras que el mío en cualquier momento detendría su tic tac.

Disfraces

Emo gótico, bruja oscura, león de resaca, vaquero chungo, pingüino disfrazado de humano, presa fugada, persona políticamente correcta, bruja buena y unicornia y unicornio 🦄 Después escribieron un minirelato basándose en su personaje.

Diego Sicilia

Levantó mi cara, al fondo vislumbro una sombra. Mi sombra. Mi muerte. Mi vida. Mi mera existencia. Se encontraba exactamente allí. Y ese echo daba a entender una cosa. Que no era más que una mota. Que La duración de mi vida acaba en lo que un suspiro termina.

“Pinguivenganza” de Sonia Siverio Morales

No soy mas que un medio para recolectar información sobre esos patilargos que se hacen llamar humanos, mi trabajo es ayudar a planificar un ataque contra los que no paran de destruir el lugar donde hemos habitado pacíficamente durante siglos, habéis iniciado una guerra y ahora nos toca mover ficha.

“Síndrome” de Tato Granero

Los alumnos de Jóvenes Escritores se basan en la exposición fotográfica “Síndrome” de Tato Granelo para realizar sus relatos.

“Síndrome todo” de Jon Garcia-Valdecasas Vispe

Me encuentro en un sueño, a cada paso que doy todo da un paso para atrás.
Es un bucle, un recuerdo que hace mucho que se desvanecio Las montañas se elevan por encima de las nubes.
Me encuentro solo.
Solo con mi sueño, solo con mi deseo.
Cierro los ojos y entonces oigo una voz.
– ¿Quien eres?
Me doy la vuelta y veo una niña. Es rubia, delgada, con mirada insegura y preocupada. Y me vuelve a preguntar:
– ¿Donde estás?
– Yo…yo estoy en un sueño.
– Que clase de sueño.
Me mira disgustada y me dice:
– ¿ Quien eres ?
– Yo…yo soy.
– No sabes quien eres
– ¿Que crees que esto?
– Es un sueño
– No, no es sueño, es justo lo contrario.
La niña se pone de puntillas y me susurra al oido:
– Purgatorio
Mi pulso se acelera.
La niña me sonríe y me dice:
– Suerte Michael
Me doy la vuelta y veo como todo lo que creía mi paraíso se corrompe por un color oscuro.
Me giro y la niña ha desaparecido.
Suspiro, cierro los ojos y pienso que es un sueño.
Acaso no lo es todo.

“Síndrome de la vocecita” de Elena Monzón Cejas

Lo poco que me queda de consciencia se agita como las olas del mar cuando la veo en el coche , hilos de sangre recorren su cara. Siento preocupación, pero no por ella,sino por miedo a que alguien esté merodeando por allí. Es mi oportunidad perfecta. Me acuerdo de cómo holgazaneaba en el trabajo enfrente de mis narices, cómo me molestaba estar opacado por su figura. Fingí ser su amigo para saber más de ella , saber la jugada del enemigo te permite anticiparte , usé todas mis artimañas para que la despidiesen, siempre con mensajes anónimos, pero como era extrovertida y se llevaba bien con los clientes no lo hicieron. Ella sabía qué era la empatía, para mí era un misterio incomprensible. Su grito de socorro me sacó del ensimismamiento- !Por favor ayúdame!- ¡si sale de esta cambiará de actitud no la dejes morir!exclamó una voz en mi cabeza durante unos instantes. Con paso sereno me alejé de la calle, los gritos del exterior y los de mi interior cesaron al unísono. Mi oscuridad es superior que esas vocecitas del bien o el mal .

“Síndrome del Riesgo” de Diego Sicilia

Aquellas escaleras bajaban al mar. Era una hecho, una realidad. Bajaban al mar. Al fondo del mar. A las profundidades más inóspistas de el. A aquel sitio donde los peces no eran bellos y coloridos. Dónde le luz importaba más que el alimento. Las escaleras bajaban al territorio más terrorífico del universo. Ya que si bien el cielo se puede observar con un telescopio. Las profundidades no se pueden explorar más que con la vista. Y la vista es parte del humano. Lo que por ende obliga que cualquier humano que quiera llegar tiene que arriesagarse a morir

“Síndrome de ausencia” de Marta Ramos

A 23 de febrero de 2019 me disponía a entrar al mar. No hacía frío y tampoco había nadie a mi alrededor, excepto mis compañeros de la escuela literaria, pero ellos no sabían lo que me disponía a hacer. Cada uno tenía un papel y un boli o un teléfono, y todos íbamos a escribir. Cada uno en su mundo. Cada uno en su realidad, y todas diferentes al resto. El caso, yo me disponía a entrar a ese mar, un mar de colores extraños, pocos azules y más rojos y rosados, y algún que otro y excaso amarillo. Cuando entré en aquel mar, no sabía bien como sentirme. Era raro, no me estaba mojando, pero yo realmente sentía que estaba allí, bañandome. Aquello me hizo recordar a aquellos años de verano que pasaba en aquella playa, pero por entonces la playa era azul, ahora era distinto, ya era roja, todo había cambiado. Faltaba ella. La persona con la que años atrás me había sumergido allí. Aquella foto me trasladó a esos años, me trasladó a aquel mar. Y todo esto pasó a través de esa foto, en mi mente, en mi mundo, rodeada de todos mis compañeros pero mentalmente sola. Sola en aquel mar. Sin ella.

“Síndrome de culpa” de Iris Paz García

Calculaba que llevaba ahí sentado alrededor de unas dos horas. Ya había oscurecido. Él seguía concentrado en la imagen del mar. Era el caos de la razón. Hacía que tuviera sentido que hubiera partículas de sal en una masa líquida, que la marea se correspondiera con la atracción gravitatoria de la luna y con que una composición líquida incolora fuera suficiente para asustar a la gente. Estaba a toda lógica y era el desequilibrio de su vida. Por eso acudía allí cada tarde, aferrándose a la reflexión y perdiendo la noción del tiempo.
Salió de su ensoñación cuando la luz de una de las farolas se fundió. Como si se tratase de una secuencia, a las otras les ocurrió lo propio. Se había producido un apagón en toda la ciudad. Lo siguiente fue percibir la presencia de alguien más que tomaba asiento a su lado.
La voz arrastraba las palabras, era grave y ronca.
– ¿Por qué estás aquí?
– Sólo quería pasar el rato.
– Te he visto antes por aquí. Te gusta el mar, ¿no?
– Lo odio más que a nada.
– ¿Por qué?
– Es complicado.
– ¿Y qué no lo es?
– El verano pasado, mi esposa me preguntó si quería acompañarla a la playa. Habíamos discutido. Ni siquiera recuerdo por qué. Alguna tontería. Le dije que no. El mar la arrastró, y la siguiente vez que la vi fue en su funeral.
– ¿Murió aquí?
– Sí, en esta misma playa.
– ¿Y por qué vuelves?
– Porque, de haberle dicho que sí, podría haberla salvado. No puedo quitarme de la mente esa idea. Así que siempre regreso. Me imagino que pudo haber ocurrido, lo que pude haber hecho, lo que debió haber pasado.
Las luces regresaron y el chico comprobó que su interlocutor no era más que un anciano. El viejo que siempre le había mirado cuando él observaba el mar.
– Si no quieres que te ocurra lo mismo que a tu mujer, pisa la arena antes de que la marea te arrastre y te ahogue. Deja de navegar en el mar de la culpa y de crear espejismos hechos de espuma. Has nadado en el fondo durante demasiado tiempo. Vuelve a tierra firme.

“Síndrome del infierno” de Nazayda Balmaseda Ramos

Todo comenzó con aquél ruido. Aquél tan ensordecedor y aplastante que te hacía comprender lo que realmente era el deseo de arrancarte los oídos. La gente comenzó a gritar, uniéndose a la horrorosa algarabía. El mar se desbordó, queriendo abarcar toda la arena que, vacía ya de humanos, se mezclaba con el océano. Incapaz de moverme, me quedé donde estaba, arrastrada por el flujo de gente cuando, de repente, el agua me salpicó. Salvo que no era agua, era una marea negra y densa parecida al petróleo que avanzaba lenta y agónicamente. Me quemó nada más tomar contacto con mi piel. Sin embargo, apenas lo noté, mis sentidos estaban embotados. Y fue entonces cuando el cúlmen de aquella dantesca escena se pronunció: el cielo cambió de color violentamente a un marrón oxidado propio de la más atroz de las películas de terror, mientras el sonido tan sólo subía el volumen, dejándome de una vez por todas sorda. Me di cuenta de que me encontraba sola, acompañada únicamente por el faro, que, indiferente ante el horror que se desarrollaba ante él, seguía iluminando el negro océano, incondicional. Sola, ante la certeza de que, casi sin darme cuenta, llegué al infierno.

“De vuelta al horror” de Enrique Esteban De Cáceres

Una historia de sangre. Todo volvió a comenzar con un grito infantil y una bombilla parpadeante. Como ya sabían los niños, los monstruos se acercaban.
El orfanato había sido su única casa desde hacía demasiado tiempo, tanto que incluso algunos recordaban el exterior. Otros simplemente no lo conocían, y unos pocos afirmaban que esto era una cárcel por la falta de ventanas y puertas al exterior.
La cuestión era que no había salida. Los cuidadores se marchaban y eran reemplazaba por otros nuevos. Siempre eran amables, pero parecían carecer de nombres. Luego estaban los Guardianes, o así los llamaban los cuidadores: grandes estatuas negras, tan duros como el metal mismo y que en vez de cara tenían una máscara a la que le sobresalían dos círculos de lo que parecía un hocico. Se movían por los pasillos y no te prestaban atención a no ser que incumples las reglas.
El problema era que solo había dos formas de salir: aguantar lo suficiente y crecer, para que los Guardianes te llevaban con ellos para liberarte; o que, como esa noche, los monstruos te llevasen.
Se movieron sombras debajo de la puerta. Cabía la posibilidad de que trajesen a un chico nuevo.
La luz se apagó y la puerta se abrió. Una sombra humana se proyectó al interior del dormitorio. Vienen a por ti.

“Shakespeare mintió” de Iris Paz García

Shakespeare mintió. Convirtió la macabra realidad en un mito sobre el poder del amor. Lo que dejó escrito poco tenía que ver con la verdadera historia. No se mencionaba que los Capuleto eran una estirpe de hechiceros. Al igual que otras de las familias aristocráticas de la época, recibían una educación y tutela muy especial, dentro de la cual también estaba incluido el manejo de la magia. Shakespeare olvidó detallar que Julieth era la bruja más brillante de su tiempo e increíblemente diestra en las artes oscuras.

Los Capuleto identificaron a Julieth como su arma más poderosa. Tan bella como mortífera, sedujo a Romeo con espejismos de una muchacha dulce e inocente. Un vano reflejo de una cruel y astuta estratagema. Romeo, joven y frágil, no se percató del engaño.

Julieth tenía la mente fría y el corazón helado. Le hizo enloquecer de amor. Ella sabía que debía de encontrar la forma de matarle sin que pudieran llegar a sospechar de ella. Y por eso fingió haber tomado un brebaje somnífero para comprobar los verdaderos sentimientos de Romeo. Ella ya sabía que Romeo no podría soportar la idea de su eterna ausencia y que superpondría la muerte por encima de la vida. Y después fingió su propia muerte, llevada por la de su supuesto amado. Quizás el mayor de los embrujos de Julieth fue convertir al amor en el verdugo de Romeo.

Los Capuleto lograron vencer a los Montesco. Pero había alguien más. William Shakespeare conocía la historia real, pues le habían llegado rumores sobre que los Capuleto sabían manejar la auténtica magia. Indagó al respecto hasta recabar todos los detalles como para completar la historia. Julieth, sin embargo, consiguió detenerlo antes de que la honra de su familia acabase destrozada por completo. Lo capturó. Le dijo que si tan ansioso estaba por escribir la historia, escribiría la que ella deseaba. Le administraba veneno todos los días y fue ese mismo veneno el que menguó la vida del dramaturgo. No podía permitirse dejarle con vida o correría el riesgo de que la verdad saliera a la luz y, si escribía la historia tal y como ella quería, lograría inmortalizar la imagen de los Capuleto. Conociendo la trágica historia de la pobre Julieth, ¿quien diría ahora que no era más que una bruja? Terminaría por acallar los rumores.

Hay quienes cuentan que la tinta con la que está escrita la obra original de Shakespeare es el mismo veneno que le suministraba Julieth a este.

Julieth logró restaurar el honor de su familia, ser reconocida y admirada entre los suyos. Romeo falleció habiendo vivido en un engaño amoroso.

Todo se acabó resumiendo en una terrorífica obra de teatro con Julieth como la artífice y directora, Romeo como el actor principal y Shakespeare como el títere más obediente que jamás haya existido.

“Condenada a volar” de Iris Paz García

Admiro a los pájaros porque conocen la manera de echar a volar. Aprenden a volar antes incluso de saber valerse por sí mismos. Emprenden el vuelo sin pararse a pensar en los peligros del camino.
Admiro a los pájaros porque saben convertir su felicidad en una melodía y saben cantar su dolor.
Admiro a los pájaros porque callan cuando no tienen nada que decir.
Admiro a los pájaros porque, aún habiendo estado encerrados en una jaula, vuelan como si nunca hubiera pasado nada. Como si nunca hubieran dejado de hacerlo.
Y a veces pienso que si fuéramos pájaros no sabríamos volar. Porque estamos encerrados en la jaula del conformismo, porque nos da miedo cantar y decir aquello que tenemos que decir. Porque no sabemos que tenemos alas y, de saberlo, estaríamos aterrorizados de caer al suelo. Y a veces pienso que en realidad es el silencio, el miedo, la necesidad de
refugiarnos en la jaula por el que dirán y el temor a lo desconocido lo que termina por rompernos las alas.

En la Noche en Blanco

 

Asier Serichol Suárez

El último retazo de vida se escurrió entre las manos. Lloró, madeció, a pesar de todo. Mi abuela afrontó. Levantó su cabeza, sus ganas de vivir contra su pensamiento , Que todo acaba. Creía que debería levantarse de nuevo. Después de aquello una nueva vida se extendía antes sus pies.

 

Elena Monzón Cejas

– !Hemos aprobado, vamos a celebrarlo!

– Lo siento, tengo que ponerles la comida!

-Bueno, ¡hasta mañana!

Llego y me encuentro con mi otro trabajo . El que no hace nada y los llorones.

Les atiendo y me siento a estudiar. Es duro pero mantengo mi dogma , hazlo por ti, hazlo por ti.

 

Diego Sicilia Mora

Aquel estrés no era ni un cuarto del que habíamos sufrido ayer, eso ya era un motivo para sonreír de nuevo. Esa era la razón para seguir en pie. Para entrar por esa puerta aparentando que pienso que todo saldrá bien. Intentar no olvidar la felicidad que tendrá este dolor.

 

Iris Paz García

Adversidad, sinónimo de giro argumental. Hay gente que se convierte en el autor de su propia vida y no se limita a ser un personaje. Son héroes que corrigen las faltas de ortografía y puntuación, porque a veces es tan importante salvar algo o alguien como salvarse a uno mismo.

 

Enrique Esteban De Cáceres

El héroe soy yo, aunque haya otros que se lo merezcan más.

Fui yo quien, después de dos años, eligió no volver a estar rodeado de amigos que se olvidaban de mi. Soy yo quien, para dormir, necesita ser otra persona.

Pero me levanto todas las mañanas orgulloso de mi.

 

Nazayda Balmaseda Ramos

Con el alma rota, reparabas la mía. Tus lágrimas convertidas en sonrisas para que la mía no desapareciese. Me salvaste de caer en un agujero. Incluso conseguiste salvarte a ti, sin pretenderlo. Gracias por tus palabras, por tu fuerza, porque en un mundo sin valor, tú lo hayas tenido.

 

Marta Ramos Gómez

Héctor es un héroe. Llegó en mi era difícil y, sin saberlo, ya me emocionaba. Actualmente, sus juguetes y las horas a su lado usándolos son motivo de felicidad y sus carcajadas alimentan las mías. Solo tiene tres años, es mi hermano, y ya es mi héroe, alimenta lo fácil.

 

Normal People Scare Me

R.I.P” de Elena Monzón Cejas

Ellos los aplauden, la multitud está eufórica. Pero yo estoy aterrorizado. Veo como cargan mi figura, encapuchados, ocultos como asesinos. Estoy lleno de sangre y perforado por los clavos. Mi madre, otra muñeca que me observa sin cariño, la sangre se me congela porque no la conozco. Desde aquí contemplo el monstruoso espectáculo reencarnado en el cuerpo de un espectador. Noto un dolor en el costado, la sangre brota, me están crucificando la imagen de nuevo. Mi alma se muere acuchillada por sus palabras y entonces llega la nada.
La muchedumbre se calla, notan algo en sus corazones pero no saben que en la tierra terminé de morir .

 

El penitente” de Iris Paz García

Hay exactamente doce escalones que conducen hasta la entrada del campanario. Tiene los pies descalzos, sucios, llenos de tierra y con alguna que otra herida de la que salen unas gotas de sangre. Ha recorrido toda la ciudad así, sin poder evitar los cristales rotos e hirientes. Le duelen las piernas y le resbalan lágrimas por las mejillas. Pero hace un esfuerzo y pisa el primer escalón. Y cada paso que da está precedido por el repicar de las campanas, como si de un cántico celestial o de una sonata fúnebre se tratara. Llega allí en el vacío temporal de las 12 en punto, cuando no es ni ayer ni hoy, cuando no es de noche ni de día. Detrás del hueco que hay entre ambas campanas se esconden unas gárgolas y un balcón con unas vistas excepcionales a la metrópoli. Se acerca hasta ese hueco para contemplar el paisaje. Cuando está allí, desde ese punto a tantos metros de altura con respecto al suelo, tiene la sensación de que ha logrado obtener el control de algo. Las gárgolas de piedra caliza son como una escolta para él, cada una situada a sus costados.

—Míralo, siempre con ese estúpido atuendo del pobre penitente que lamenta sus pecados y carga lamentos sobre sus hombros —dijo la gárgola a su izquierda, ignorando por completa la presencia del hombre y dirigiéndose a su compañera.

—¿Qué dices? Tus palabras no tienen sentido —inquirió el señor. Estaba harto de todo, de su vida, de las cargas que arrastraba consigo y de todos los errores que había cometido a lo largo de los años.

La otra figura grotesca de piedra tomó la palabra:

—Las gárgolas no saben ver lo aparente, pero sí el alma. Reconocemos los demonios, los diablos, los ángeles y a la gente como tú, los penitentes. En ti solo veo un rostro cubierto por la sombra del capirote y una túnica harapienta. Tus pies también están atados por cadenas.

—Y cargaré con ello toda mi vida —apuntó este, compadeciéndose de sí mismo.

—Serás un penitente hasta que abandones la angustia y empieces a buscar en ti mismo la ayuda que tanto necesitas.

Visita al cementerio

Es lo qué es Hecho” de Enrique Esteban De Cáceres

¿Qué es la Muerte? ¿Quién es la muerte? Si crees en algo, deja de leer.

Supongamos que la muerte es alguien, pero una sola ”alguien” no puede velar a todos los muertos. Entonces es algo, una idea; pero al ser tan abstracta cada persona la define como quiere. Es natural, pero que nos matemos no lo es. Es una salida, pero no debería serlo. Es una solución, pero sin esperanza. Es justa, pero se lleva a niños. Es una fea verdad, pero una bonita mentira. Podemos definir a personas vivas como muertas, y a muertos vivos; por tanto no es definitiva ni rápida. Hay gente resplandeciente que muere, y otras que se ahogan en su oscuridad y viven. Tachemos, por tanto, ”buena” y ”mala” de la lista.

Pero nos hace iguales.

La sostenido” de Nazayda Balmaseda Ramos
Quisiera decir que me arrepiento, que lo que hice estuvo mal, pero, aunque jure éstas mismas palabras ante Dios, sabrías que no son ciertas, viejo amigo. Sabes bien que la manera en la que te permití irte es la mejor, pues te fuiste por medio de tu pasión, deberías darme las gracias. Aquel día, ¿cuántos años tenías? ¿Treinta? Ah no, lo pone ahí. Treinta y ocho años. No te creía tan mayor, querido. Recuerdo que era tu cumpleaños precisamente. Te sentaste en el viejo piano de nuestra flamante mansión y sólo bastó un mísero roce contra un La sostenido para que cayeras, querido mío, lo correcto sería felicitarme por mi competencia. Tan aguda fue ésa nota que tu dedo sin vida tocó involuntariamente… Fue un gran día, lo recuerdo bien. Y ahora, aquí estamos, dos viejos amigos en un diálogo que tan sólo es un monólogo. No espero que me contestes, claro, nunca fuiste bueno acatando órdenes, lo único que veías era tu piano, tu piano y nada más. No tenías tiempo para tu esposa, lo comprendo, pero ya ves, no me quedó más remedio que…bueno, hacer lo que siempre quise, y qué mejor manera de hacerlo que con tu verdadero amor, tu piano. La soledad me rodea, y éso es algo que me gusta, pero amor mío, nuestro hijo sigue a mi lado, recordándome a ti, tiene tus ojos…

¡Oh! se me ha echo tarde cariño, he de irme, el deber me llama y tendré que preparar mis lágrimas. Nuestro hijo llegará a casa en poco tiempo y tocará el piano. Espéralo, pronto estará contigo.

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