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Incertidumbre

Incertidumbre

«Kobe» de Daniel Suárez Acosta

Llevaba más de una hora y media hablando con Adrián por teléfono. Es prácticamente mi vecino, pero llamarle para hablar aunque estuviéramos a cinco minutos uno del otro se había convertido en una costumbre. Estaríamos riéndonos de alguna broma suya hasta que su padre lo llamó y se hizo el silencio por un par de segundos. Cuando vuelve, pregunta:

– ¿Estás escuchando la radio?

– No, ¿quién coño escucha la radio todavía? – digo en una risa tímida. Ni pienso así ni es gracioso, no recuerdo a que venía, pero suele ser para hacerle reír a él también. Casi siempre. Pero hoy no-. 

– Dicen que ha muerto Kobe.

Al principio no me lo creía; las fuentes de Adrián nunca han sido fiables, pero aún así me estremecí del miedo, como si fuera alguien cercano a mí. Googleé su nombre, y, al tiempo que refrescaba y surgían los titulares confirmándolo, caían las lágrimas.

Colgué el teléfono, me pasé las manos por la cara y sentí como todos los pelos de mis brazos y mis piernas se erizaban.

La gente no se cree que la muerte de una persona a la que ni siquiera conozco pueda afectarme tanto, pero lo cierto es que, después de tantos partidos, tantas canastas y tantos años siguiéndole, siento como si lo conociera, como si fuera un padre para mí, una figura en la que proyectarme. Ha pasado casi una semana, y mi mentalidad sigue siendo la misma: honrar su memoria y vivir la vida que él no pudo vivir.

«Frontera» de Nazayda Balmaseda Ramos

La incertidumbre. La incertidumbre del hoy, la incertidumbre del mañana. La eterna pregunta que define mi existencia. La incertidumbre de si la pesadilla encontrará su frontera, si me despertaré en un mundo nuevo en el que las circunstancias hayan cambiado su rumbo. O por el contrario nunca despierte, y la desesperación gane la batalla, derrotando las barricadas de la esperanza y sumergiéndome en un agujero sin fin. La incertidumbre, el estado que se apodera de mi pensamiento sin piedad; el estado que corroe mi inocencia y humedece mis mejillas mientras sólo puedo repetir una frase: haz que pare.

«Los peldaños» de Olivia Li Cabrera

Parpadear por mucho tiempo, cerrar los ojos para dormirte y no hacerlo. Soñar con un pasado no estando despierto.

Ver como el cielo se llenaba y vaciaba de estrellas, esa línea brillante que sale de la luz cuando tienes los ojos mojados, ese tiempo sin dormir que me hacía no querer estar despierto.

El sonido que rompe el silencio, que rompe mis sueños y me grita para despertar.

Ser feliz porque ya estuviste triste y llorar porque hace tiempo que no lo hiciste.

Cuando dejo de ver fantasmas, cuando dejan de perseguirme, cuando ya no me empujan, cuando el viento ya no me intenta tirar de las azoteas, cuando dejo de caer por entre los peldaños, cuando todos los que me tiraban por la escalera se cayeron.

El miedo que te entra al saber que después de ser feliz siempre toca volver a estar triste.El recuerdo que empiezo a soñar: cómo volvía todo lo que se había ido. Ella llorando de sangre en mi cocina, mis escaleras mojadas de lágrimas de su brazo, del rojo de mis sueños, el de las escaleras de las que yo también me caigo, o me caía, y que ahora vuelvo a hacer en mis sueños.

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