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«Barreras y reflejos» de Enrique Esteban de Cáceres

«Barreras y reflejos» de Enrique Esteban de Cáceres

Era la persona más bella que veía cada mañana, caminando con resolución mientras se reflejaba en los charcos de la calle. Habían sido compañeros desde la guardería, y se conocían como si el uno fuese el otro. Antes eran amigos inseparables, sin embargo, últimamente ya ni se miraban. Parecía como si se hubiese levantado una barrera entre ellos dos.

Terminó con su desayuno, acompañado de sus pastillas dulzonas, y se fue al instituto. Allí todo parecía un sueño, pues no podía olvidar aquellos ojos de un color castaño tan oscuro como el de la corteza de un roble, y que parecían evitar los suyos.

Durante la comida, Elisa, otra amiga de toda la vida le pidió ir al cine. Llevaba bastante tiempo revoloteando a su alrededor, y, pensó, que quizás ya era hora de pasar de página y evitar la estupidez de ser ignorado.

Cuando volvió a casa sobre las cinco, empezó a prepararse. No sabía si ir elegante o informal. A lo mejor no era una ocasión especial, aunque le daba la sensación de que sí. Al final decidió ir informal, aunque preparó un pequeño regalo.

En el cine tuvo que esperar un rato, pero cuando llegó ella supo que la espera había valido la pena. Dudó si darle el regalo en aquel momento, pero pensó que que lo mejor era esperar. Tras terminar la película decidieron pasear juntos, y, no supo cómo, acabaron en un callejón aparatado y solos.

Su pulso se aceleró mientras ella le invitaba sin palabras, con su mirada. Se acercó lentamente mientras sentía como un calor que no se debía a la altas temperatura le recorría todo el cuerpo. Un momento después estaban a escasos centímetros el uno del otro, con las cabezas casi tocándose. En ese momento vio en los ojos de ella el reflejo de unos ojos castaños tan oscuros como la corteza de un roble. Unos ojos que le habían estado evitando. Luego le vio en el reflejo.

Con un movimiento, los ojos de Elisa se desorbitaron y su expresión mostró la sorpresa de aquel momento irreal. Los fragmentos de cristal de su regalo se esparcieron por todo el callejón. Notó como un líquido caliente resbalaba por su mano. Se vio una última vez en los ojos de ella antes de que se volviesen opacos y se desplomase.

Estuvo un rato saboreando el momento, asta que no pudo más y se asomó al nuevo charco del callejón. Lo que vio era perfecto. ¡Era la perfección! Se estregó las manos por la cara lleno de gozo.

Era la persona más bella que veía cada mañana, y nunca más lo separarían de su reflejo.

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