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Blog : Alumnos

REFLEJO

 

Reflejo de Assier Serichol Pérez

Todo empezó aquel dia, lluvioso, frío, silencioso.

Eran las once y media. La sirena del recreo había sonado hace mucho, pero yo, al fin conseguía salir de mi castigo. Cargué con mis cosas hasta un banco y me desplomé antes de decirme algo. Lloré, lloré puesto que nunca me habían castigado, lloré por los creían que eran mis amigos y que de la noche a la mañana dejaban tiradas mis esperanzas de que la amistad perdurase para siempre.

Llevo varios días así. De banco en banco. Contándole a todos mis penas.  Por mucho que siga solo y distanciado, la cosa a cambiado.

Principalmente porque tengo un amigo. Una amigo que no es real, pero que lo trato como si fuera, un amigo que ni me traicionará y que siempre estará hay para cuando lo necesite. Un amigo de verdad.

Ahora hablo solo. Le hablo al aire según la gente, pero en verdad converso con él. Si observas bien la escena verás que manejo un mazo de cartas y que juego con…el viento. Aunque claro en verdad juego con el. Le gustan los naipes más que a mi, me dice que tras cada carta tapada se esconden cosas y que si fuera por el se pasaría toda la vida desvelando los secretos de simple papeles recortados y con dibujos que significan algo.

Mis padres dicen que debería hablar con alguien, que tengo que socializar con los demás y ser feliz.

Papa, mamá. Yo ya tengo un mejor amigo, mi mejor amigo soy yo.

CUALQUIERA

 

CUALQUIERA de Guillén Berástegui de Armas

Sus puños chocaron incesantemente contra mi cara. La sangre empezó a brotar de mi nariz, mis sienes y mis labios. Dejé de protegerme, ahí acaba todo. Rendido, mi agresor se distanció de mi magullado cuerpo, buscando una piedra en ese oscuro callejón para terminar la faena.

Él no la encontró, pero yo sí. Cuando descubrí que la suerte me sonreía, aproveché la oportunidad. Lentamente cogí la piedra que estaba cerca de mí y en un segundo me levanté, y en medio segundo asesté un golpe crítico en su cabeza antes de que él pudiera hacer nada. Ya en el suelo, hice lo que me hizo, pero él no se recuperó. En sus últimos instantes me dijo que sabía que pasaría esto, que lo vio venir y que solo quería evitarlo, solo nos engañaba.

Exhaló su último aliento y le cerré los ojos, en ese instante sus párpados y sus dedos se pusieron al rojo vivo. Vi como un haz de luz surcaba lentamente mis venas y cómo llegaba a mi corazón dolorosamente y después a mi cerebro. Muero…o eso creo.

Me deslizo por una rampa en una especie de membrana naranja y el aire corta mi cara por la velocidad. Traspaso varios metros y caigo a una oficina enorme. En el cristal que está frente a mi se oye la voz de un aburrido empleado que me explica que estoy en DESTINO, una especie de empresa secreta que computa el futuro de las personas a través de secuencias de actos y de contactos. Por mis cualidades he sido reclutado y dentro de las normas de legalidad y privacidad de la empresa soy óptimo para ser secuestrado y elegir el destino de cincuenta personas. Tras esto, podría volver a mi cuerpo con una casa nueva, dinero en cuentas y demás cosas para solucionarme la vida. Acepté desconcertado y en la pantalla veo escrito: “Usuario 0127 ha mirado el destino de su propia persona como recompensa extra por usar a cincuenta personas”. Busco el mío por curiosidad en el teclado y observo que está bloqueado. Faltan cincuenta personas, -salta una voz-. Nunca debí aceptar… Hoy he terminado, hoy escribo esto desquiciado porque no seré el último usuario, hoy descubriría mi destino y escribo esto a toda prisa porque no lo quiero conocer. Sabedlo novatos, mi antecesor fue asesinado por mi, porque se desesperó. Sólo nos usan. En 30 segundos estaré cayendo de nuevo, a saber dónde. Sabed que no sé si esto es una ilusión, pero sé que mi destino es cualquiera, puede ser cualquiera.

Larga vida a la nada

 

Larga vida a la nada de Ana Marante González

Siempre era igual, millones de partículas desapareciendo, evaporándose lo físico, solo quedaban sentimientos y pensamientos sin ser palabras, cuando me convertía en la fría nada lo que formara un todo moría, las formas ya no estaban, solo estaba mi alma, sin cadenas, ocupando este mundo encarcelado. Empecé a saber que podía convertirme en invisible a los diez años cuando quise desaparecer durante una discusión de mis padres, lo conseguí durante cinco minutos, ellos estaban tan concentrados en odiarse que no se dieron cuenta. No sé como comencé a conseguirlo, supongo que tampoco me ha importado nunca, simplemente cierro los ojos y deseo evaporarme.

La verdad es que durante mi adolescencia nunca entendí los problemas de las personas esclavas de su cuerpo, porque yo los podía evitar, había un examen que no me salía me volvía invisible y me colaba en el despacho del profesor, un chico que me gustara y tuviera novia cogía su móvil y hacía que rompiera con ella, y así, pequeñas aventuras con las que conseguía arruinar pequeñas vidas. Siempre me he sentido superior a todo lo mundano, superior a los colores, a los objetos y a las personas, superior a sus intereses. Así comencé a perfeccionar mi don, toda una vida tratando de hacerme fácil lo difícil, tratando de ayudarme. Yo y mi don. Pero entonces comencé a crecer y los problemas de la madurez comenzaron a ser demasiado visibles para mí, huir cuando me apetecía dejó de ser una solución, pero me había vuelto adicta a la sensación de desaparecer. Me había enamorado de la sensación de ser sentimientos sin forma, arte sin palabras, persona sin cuerpo. Tras un divorcio y cinco asquerosos hijos llegué a este punto, cincuenta años, récord conseguido, tras varios años de práctica he conseguido desarrollar mi don hasta volverlo absoluto, llevo un año siendo invisible. Se me ocurrió la idea de ser permanentemente invisible cuando mis hijos ya eran lo suficientemente felices como para ignorar a su depresiva madre, cuando me di cuenta de que trabajar como contable era demasiado contacto con lo material. Ser una persona se volvió demasiado estresante, dinero, rutina y amor, demasiadas tonterías para mí. Decidí que suicidarme sería más aburrido, ¿Para qué matar a mi cuerpo si yo siempre había sido mucho más que eso? Así pasé a ser simplemente yo y mi don, solo yo con todo un planeta a mi disposición. Hago de todo, admiro dramas familiares, me río con las rupturas y disfruto lágrimas, discusiones y gritos, muy divertido la verdad. Cuando el viento suena muy fuerte son mis suspiros, cuando alguien siente un escalofrío son mis uñas, cuando alguien se cae sin razón alguna son mis manos empujándolo. Los periódicos dicen de todo sobre mí, mujer secuestrada, raptada, asesinada, mi favorito es el de desaparecida, es el único verdadero.

LA NIÑA DEL VESTIDO ROJO

 

LA NIÑA DEL VESTIDO ROJO de JON GARCÍA VALDECASAS VISPE.

Sé lo que pasó esa noche, todo el pueblo lo sabe, toda la ciudad lo sabe, pero ellos no saben lo que sé yo.

Todo el mundo dice entre lágrimas:

  • Oh, qué lástima, murieron tan jóvenes.

Pero la verdad solo es un reflejo más pequeño que la mentira.

Recuerdo esa noche en cada momento de mi vida. El sofocante humo me invadía la cara, no podía ver, no podía respirar, no podía ver con claridad, salvo un pequeño boceto de una niña.

La niña tendría más o menos seis años, tenía unos relucientes rizos amarillos y vestía un magnífico vestido rojo con unos zapatitos negros.

La gente me decía que estaba loco, que el accidente me produjo alucinaciones, pero yo recuerdo lo que vi. La niña me miró con esos ojos palidos y se fue acercando a mí poco a poco. Y ya cuando estaba a mi misma altura me miró tirado en el suelo intentando sobrevivir y ella se río.

Esa risa macabra suena como un eco dentro de mi cabeza. Y entonces me dijo.

  • Tranquilo Franklin, hoy te vendrás conmigo y con mi familia a nuestra casa. A jugar con mi pelota, no te acuerdas lo contento que te ponía.

Y así como un veloz rayo de sol desapareció.

Investigué a la niña años y décadas y ahora estoy aquí, en la casa que mencionaste para descubrir la verdad. Subí las escaleras, agarré el manillar de la puerta y bruscamente la abrí. Y allí encontre el peor miedo que nadie pueda imaginarse.

Nada, no había nada, ni pistas ni enigmas. Solo una habitacion vacía.

Me equivoqué. La mentira solo es un reflejo más grande que la verdad.

El CAMINO DE LAS COSAS

 

El CAMINO DE LAS COSAS de Asier Serichol Pérez

El tumulto de gente abarrota la sala en un santiamén. Personas de todas las etnias entran a la vez, como un tropel, y me dejan suspendido en medio de un mar humano.

Me fijo en la mirada de cada ser que atraviesa mi alrededor, todas perdidas. Todas en direcciones diferentes. La infinidad de turistas sacan móviles y cámaras de fotos e intentan captar el mejor plano entre toda la gente.

-¡Paso! – Grito desesperado entre la multitud- Leches, que dejen paso.

Nadie se mueve ni un ápice. Rebajo mi mirada hasta mi transmisor, pensando en las órdenes salidas por el chisme hace por lo menos una media hora:

-Supervisa estancia.

Consigo abrirme paso, rebaso a un pareja japonesa que comentan ensimismados las pinturas. Esquivo a un grupito de ancianos y me escabullo entre los que mantienen sus cámaras en alto para las fotos del recuerdo.

-Aquí seguridad, nada extraño en la sala, todo en orden-. Le grito al aparato esperando que alguien escuche mis declaraciones al otro lado de la linea.

De repente unas exclamaciones inundan la estancia.

Empujo desesperado a las dos primeras filas y llego a la valla de seguridad. Entonces… Abro mucho los ojos y arranco el walkie del cinturón…

Tartamudeando… Informo hacia el aparato.

-No me lo puedo creer… Aquí en la sala, hemos… hemos perdido un cuadro.

BORRADORES DEL AMOR

 

BORRADORES DEL AMOR de Marta Ramos Gómez

Caminé. Caminé sola un martes lluvioso a las cinco de la tarde por La Laguna. No quería compañía, no tenía ningún destino, simplemente caminé. Llevé un lápiz y papel y a cada rato me ponía a escribir algo, pero seguía caminando, no sabía qué quería, no tenía ganas de nada, ni siquiera buscaba algo en concreto, pero no llevaba un buen día. Solo quería olvidar, olvidar aquel nombre, ese que me hacía daño constantemente, ese que hoy, una vez más, había vuelto a salir del pasado. Seguí sin rumbo, y ya eran las siete, se me había pasado la hora de las clases de saxofón, pero daba igual. Todo daba igual. Al girar una esquina, por la cual paso todos los días acelerada para ir al instituto, me paré. Me paré y observé como nunca lo había hecho antes todo lo que había en aquella calle. Entonces la vi, aquella papelera rodeada de flores al lado de la cual, en un banco, había pasado mil horas contigo, cuando te quería, o más bien, cuando me querías, porque yo aún sigo haciéndolo. A lo largo de los años que pasé contigo, esa calle cambió mucho, y también la papelera y las flores que tenía alrededor. Cuando empecé contigo la papelera no tenía nada escrito, tampoco tenía flores. Unos meses más tarde, alguien había escrito en ella un nombre, que curiosamente coincidía con el tuyo, Bruno. Un tiempo más adelante, las flores empezaron a crecer, pero nuestro amor, o más bien el tuyo, cada vez se apagaba más. Un tiempo después lo hiciste, me engañaste. Yo no lo pude soportar, y a pesar de lo mucho que te amaba, y te amo, lo dejé contigo, me alejé de ti, pero solo físicamente, porque de mi mente aún no te has ido. Hoy me paré una vez más en esa calle, pero tú ya no estabas, y las flores, las flores estaban mucho más grandes; habían invadido a la papelera, y parecía que me miraban diciendo: hiciste bien, todo florecerá y su nombre se borrará de esta papelera, haciéndolo a su vez de tu corazón.

LA CRUELDAD DE NACER

 

LA CRUELDAD DE NACER de Mónica Cobo Kapyrina

Siempre he sido un hombre, o eso es lo que dice mi novia siempre. Cada día me lo recuerda, siempre me tortura con el mismo arma.

La verdad; la que tanto intento ocultar, la que a tantos problemas me ha llevado por hacer el pecado de florecer y no quedarse bajo tierra, por gritar sus colores y sus peculiaridades. Mi verdad, es que soy mujer. Me siento como una mujer, pienso como una mujer, actúo como tal…

Cada día me es un tormento, un sacrificio. Mis lágrimas me hacen parecer un demente, en vez de: REAL. Mis emociones me hacen siempre parecer un antónimo.

No veo día en el que no cometa equivocaciones, pero lo extraño, es que en mi interior no se sienten como tales. Hago lo que mi corazón me ordena, pero parece que ello es pecado.

Grito en silencio cada noche al dormir con la persona que más me odia en el mundo. Su excusa siempre es que sigue conservando esperanzas, la fe en que “vuelva” a ser yo, pero, lo que en realidad no sabe, es que siempre fui así. No quise convertirme en la mancha que ahora impregna su vida, pero mi corazón no podía aguantar más encerrado en semejante jaula; la que conlleva el convivir con la sociedad.

Hay un recuerdo que nunca llegará a escapar de mi memoria, que nunca llegará a convertirse en algo tierno.

Hoy mi rostro no es el mismo, y nunca volverá a serlo. Evocaciones surgen frente a mis ojos; ahora hinchados de tanto dejarme llevar. Sus manos se aferran a mi cuello violentamente ( *oscuridad* ), su voz se transforma en gritos inhumanos ( *oscuridad* )

Quedo magullado en el suelo, con manchurrones de color escarlata recorriéndome la piel ( *oscuridad* ) aún puedo presenciar con toda su vivacidad su último golpe; ése que ni con sus polvos de maquillaje que en secreto me ponía, irían a arreglar.

Por fin puedo reflejar lo que siento al exterior, ¡por fin! Aunque no sea lo que deseaba. (Dolor)

ESPEJISMO

 

ESPEJISMO de JON GARCÍA-VALDECASAS VISPE

Abro los ojos y lo único que veo es ego. Un ego intenso y profundo, veo a personas pasar con sus máquinas de luz. Los tiempos de ayer eran muy diferentes a los de hoy, todo ha cambiado, algunas cosas para bien, otras para mal.

Ya no reconozco ni mi propio hogar, llevo siglos mirando la misma dulce foto pero hoy será diferente.

UN SUBJUNTIVO MUERTO EN ORSAY

 

UN SUBJUNTIVO MUERTO EN ORSAY de Ana Marante González

No veo nada desde mi ventana, no encuentro personas, ni sonrisas ni lágrimas, no veo la Torre Eiffel ni tampoco sus luces, las estrellas y la luna alumbran otra estancia y no encuentro París porque tampoco me encuentro a mí. Solo veo el cielo, solo encuentro su color y oigo su silencio. Desde la ventana respiro el olor de la polución y pienso en ellos, en mis padres, en el momento en el que me convertí en el tópico de huérfana que se esconde en un museo. Mi padre era artista, mi madre era artista, yo no soy un pretérito imperfecto, soy un presente, pero no soy nadie, escapo a las reglas del modo indicativo o imperativo, yo soy un subjuntivo, un quizás encarcelado en el Museo de Orsay. Observo el Sacre Coeur y cierro los ojos mientras el silencio de la noche me hace de nana, pero entonces escucho unos pasos a mi espalda y asustada cojo un pincel a modo de arma. Suspiro, es Renoir, mi amigo, mi compañero de desván, otra alma secuestrada en un retrato.

– ¡Ey! ¿Te parecería bonito que yo te apuñalara con un pincel? ¿No encontraste mejor arma?- me pregunta con sus aires de superioridad.

– Lo siento, pensaba que eras algún curioso que se había colado en el museo. No nos conviene que las personas nos vean, demasiadas preguntas.

Renoir se sienta a mi lado y juntos observamos el Sacre Coeur y respiramos, pues es la única hora del día en la que podemos alimentar nuestro corazón de oxígeno. Entonces le hablo de mis padres y él me cuenta las historias de sus cuadros, expuestos en el salón de abajo, charlamos y charlamos. Otra noche más hablando con un fantasma, con el cuadro que decora el desván que me hace de hogar, hablando con el arte, mi única familia. Renoir y yo, pintado a en lienzos con vistas al Sacre Coeur , las mismas vistas durante los dos siglos que llevo viviendo dentro de un cuadro, rectifico, muriendo en un cuadro, con solo sesenta minutos al día cada madrugada para adquirir forma humana, mientras mis padres que no fueron pintados descansan en paz. Otra noche más ensuciando de lágrimas mi marco, siendo una muerta, una nadie, un subjuntivo muerto en el museo de Orsay.

BATALLAS PERDIDAS

 

BATALLAS PERDIDAS de Iris Paz García

La gente suele decir que los piratas ganan cualquier batalla, pero no es verdad. Cuando luchan contra los marineros, masacran todo cuanto pueden. No matan en busca de un tesoro, aunque todo el mundo piense que es así. Saben domar el mar y cuidar de su barco, lo aprendieron para nunca olvidarlo.

Lo que nadie sabe es que los piratas ganan porque ya tuvieron muchas batallas perdidas. Destruyen a los marineros que tienen algo que proteger porque ellos perdieron aquello que tenían que cuidar. Y por eso decidieron proteger al mar y a sus barcos. Tan cruel es su destino que custodian aquello que no necesita a nadie para estar a salvo.

Aquella noche no hubo ninguna batalla que librar. No había un mar del que escapar. Y en aquellos momentos los piratas recordaban el pasado que se había llevado el mar en las tormentas. Por eso el capitán se había quitado sus ornamentados ropajes y su espada, fiel acompañante. Aquella noche fue un hombre, y no el capitán de un barco pirata.

Se sentó en un pequeño rincón de la proa del barco. Sujetaba entre sus manos un farolillo. Lo soltó y dejó que ascendiera hasta llegar al cielo. No, aquella noche fue mucho más que un hombre, fue un padre. Volvió a ser el padre que, junto a su hija, liberaba luces que volaban hasta el cielo, convirtiéndose en una estrella más.

Volvió a ser el padre que había perdido una batalla, que había perdido a su hija, que no la había podido proteger de la muerte.

Pero a la mañana siguiente volvería a ser el hombre de las batallas perdidas que intentaba sembrar victorias cuando, en realidad, vivía en una gran derrota.

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